Pandemia – ficción

Siempre duerme temprano, mira la hora y espera. Y pasan lentos los minutos.

Adora arrebujarse entre las sábanas con olor a jazmín, o a rosas, o a algo que sepa a limpio y agradable. Disfruta de esa suavidad.

Sueña intensamente, se entretiene luego recordando los colores de esas imágenes; las clasifica, las rememora con afán, las compara con hechos cotidianos. Y cada día, invariablemente, se sumerge con ilusión renovada en ese mundo fantástico de olas desbordantes, de personajes cambiantes y complejos. Son sus compañeros.

Ignora desde cuando el sueño ocupa ese lugar en su vida. Será el hartazgo y la repetición de lo cotidiano, las tareas aburridas y rutinarias, el futuro incierto, el presente descorazonador. No lo sabe bien. No sabe desde cuándo el sueño se ha convertido en su auténtica forma de vivir, de sentir que algo nuevo puede ocurrirle, que el tiempo no pasa de una forma tonta e inocua.

Antes soñaba despierta, imaginaba encuentros románticos, ahora en cambio, su espacio soñador se ha convertido en un momento delicioso y verdadero, más sólido y tangible que el día a día.

¿Cuánto tiempo hace que empezó el gran encierro?  Ya ni lo recuerda. Primero fue la pandemia, luego un bicho raro que aparecía en ciertos alimentos, las razones comenzaron a complicarse de tal forma que decidió desentenderse del asunto, renunció al torrente de información contradictoria, y se separó, se divorció del mundo y sus semejantes. Levantó una barrera infranqueable entre ella y lo que la rodeaba. Inadvertida, lenta y suavemente, sin ni siquiera decidirlo dejaron de interesarle primero las noticias, los dimes y diretes de sus colegas, los vecinos, hasta los amigos más cercanos. Parecía intuir las palabras y las frases que iban a pronunciar, y ya le aburrían de antemano. Imaginaba  los encuentros, los consideraba en su cabeza previamente y de una forma u otra decidía descartarlos. Con la excusa más trivial se disculpaba y encerraba en un placentero descanso a diferentes horas del día, buscando el sol, pero siempre huyendo del gentío de las playas.

El mundo había cambiado mucho en poco tiempo, y a ella había dejado de interesarle. Sin embargo, a hurtadillas, no deja de indagar ciertas noticias que se le antojan extravagantes. “Es preciso que sepa lo que hacen estos locos para evitarlos, pero debo estar al tanto” —Se dice a si misma para justificarse.

Se entera entonces que un grupo de gente —su núcleo afectivo más cercano—, hartos de quejarse y con gran nostalgia de la vida anterior, se han organizado de forma clandestina en pequeñas “células”. Por medio de claves se comunican por teléfono o internet. Esta cuestión les entretiene y sienten que burlan la autoridad. ¡Cuánto alborozo! El placer inusual de cruzar los límites para quienes han encanecido hace lustros es prodigioso. Pocas cosas les complace más que el abrazo prohibido, huir de las medidas de prevención, el tímido contacto corporal. Profesan unas creencias mezcla de ritos varios, orientales algunos, con tradición cristiana otros. Deben cumplir de forma ordenada y minuciosa todos los ceremoniales indicados para librarse de “todo mal”.  Una gurú venida de la India guía sus pasos y orienta los rezos según un pequeño librito que siempre lleva entre los pliegues de un exótico y colorido atuendo. Las bebidas alcohólicas están permitidas, siempre y cuando no sobrepasen los límites de tres copas que la vestal india y una ayudante local controlan con esmero.

Las infusiones de todo tipo abundan por doquier. En pequeños hornillos hierben las teteras y una mezcla de olores intensos invade la sala donde suelen reunirse periódicamente. Pastas, dulces, almendrados, las manos habilidosas se esmeran en preparar apetitosos y variados platillos .

Ha sabido también que entre los jóvenes la cuestión es diferente: ellos no pueden evitar las reuniones ruidosas con música rock. Las autoridades, para que no llamen demasiado la atención, son tolerantes y les dejan pernoctar en medio de los bosques, en las afueras de los núcleos urbanos. Amantes de la naturaleza y la ecología, cultivan huertos mientras resucitan costumbres atribuidas a los hippies: el intercambio de parejas, el amor libre. Todo ello tomando algunas precauciones que un joven enfermero del grupo, a pesar de ser un tanto negacionista, considera imprescindible como prevención de las pandemias varias.

Sin embargo, todo esto le interesa escasamente. Es como un paisaje que viera alejarse poco a poco de su mirada y en la medida que la distancia se agranda, también lo hace la apatía. Eso es, el mundo humano que le rodea la deja perpleja, sin preguntas, todos sus interrogantes sobre la gente y sus costumbres han perdido la intensidad de antaño. No obstante, necesita saber en qué se habrán convertido los niños, esos seres que tanta ternura le despiertan. ¿Habrán conservado la curiosidad, la alegría, el deseo de jugar espontáneo? Teme averiguarlo.

Las pocas noticias de las nuevas disposiciones educativas le han parecido tan enrevesadas e incomprensibles que están destinadas a eso, a que no las entienda nadie, como muchas medidas de precaución vigentes en las calles de pueblos y ciudades. Contradictorias, confusas, irracionales.

Con fuerza creciente día tras día, noche tras noche, alimenta los personajes de sus sueños, les inventa una historia, los pasea por esa maravillosa casa imaginaria con las columnas azules de ese azul turquesa inconfundible, de lapislázuli. Y fantasea, ¿por qué no? Lee cuentos antiguos para estimular sus visiones nocturnas, imagina mundos aún desconocidos.

Cuando pase el miedo, cuando pase el encierro, cuando todo esto acabe… —se dice a veces.

Sabe muy bien que nada, nada será lo mismo.

Hasta sus propios sueños se habrán desvanecido.

Susana Isoletta, psicoanalista.

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