Nuevas “demandas” en tiempo de pandemia

Turbulencias, 2.

Desde que empezó la pandemia he estado atendiendo pacientes con diferentes demandas, o demandas miles, como fue mencionado en mi escrito anterior “Experiencia en confinamiento: Inicio y durante. El después está por llegar…” Dejé abierto el después… pues bien, el después ya está aquí y las “demandas” de esta última semana… no encuentro palabras para describirlas.

Chico joven, cuando le pregunto qué le sucede para ver cuál es su motivo de consulta, no sabe qué responder, yo insisto y le pregunto: ¿Qué es lo que lleva a pedir una sesión? La respuesta del chico es “Quiero comer”.

Mujer de mediana edad, presenta síntomas en el cuerpo, temblor de manos, dolor de cabeza y se le duermen las piernas etc… No obstante, consulta porque termina de hacer un cartel y se ha puesto a mendigar, le inunda la vergüenza que siente al hacerlo. Después de un rato hablando le pregunto ¿Cómo crees que podría ayudarte? Y dice: “ya lo estás haciendo, me estás escuchando”.

Chico adolescente, me pide hacer una sesión y le doy hora, pero a la hora de la sesión está en el metro, le digo que mejor hablaremos cuando llegue a su casa, con la idea de hacer la sesión sin tanto ruido y me dice: “ese es el problema, no tengo casa vivo en un albergue y en dos meses estaré en la calle”.

¿Qué respuesta dar ante ese tipo de “demandas”? El dispositivo es el mismo, lo que está cambiando es la “demanda”, el apremio, o grito de socorro, pasa por las necesidades básicas de cualquier ser humano como son: el alimento y un techo donde vivir.

Montse Naranjo Reverter

naranjoreverter@yahoo.es

Una vacuna contra la depresión

Turbulencias

Amigos, acabo de escuchar, en un canal de TV, una voz que reclamaba: “¡una vacuna contra la depresión!”   Y me pregunto, ¿y una vacuna contra lo humano? Llegará, no se preocupen, será proporcional a la estupidez humana, que, esa sí, no para de crecer y de multiplicarse; muchos son los testimonios que lo ratifican.

El materialismo y un desconocimiento de la ciencia -el pensamiento mágico- han logrado este efecto destructivo. Lo que no se ve no existe y, cuando despunta, hay que eliminarlo.

Asistimos pues a una eliminación sistemática de los síntomas que dan cuenta de nuestra subjetividad, de nuestros vínculos, o de nuestras palabras, cuando dicen nuestro dolor de existir. Eso último solo requiere una escucha cercana, alguien que de fe de mi existencia y acuse recibo de mi demanda desesperada. Eso alivia y alienta, eso nos humaniza. Y si no, ¿qué sería de este sujeto extraviado que deambula solo por un mundo desertizado, dejado de la mano de Dios y del hombre?

Todo el mundo se pregunta qué va a pasar, pero eso ya está pasando. Se ha instalado la civilización del Selfie. Cada uno con su móvil comunicado con mil otros, pero sin ninguno, o sea solo, con su goce y su tristeza a cuestas, ¡callado!

En tanto psicoanalistas, tratamos a cada sujeto uno por uno, para darle un lugar propio y devolverle su palabra propia. La depresión ha existido desde siempre. De hecho, en mayor o menor medida la depresión existe en todos los pacientes que vemos, es el síntoma más frecuente. Podemos decir que las depresiones dan cuenta de esta cara oscura de nuestra intimidad contemporánea, cuya otra cara es el ideal del éxito y la obligada felicidad-para-todos. De hecho, la depresión es un fenómeno de la época, que representa su estado de ánimo, es la enfermedad del discurso capitalista, como la llaman algunos, que denuncia sus efectos sobre el sujeto actual. Exacerbada, por supuesto por la plaga del covid que ha tirado de la manta para desvelar lo siniestro de nuestras vidas.

Hace años que el pronóstico de la Organización Mundial de la Salud nos advierte: “Se espera que en el 2020 los trastornos depresivos ocupen el segundo lugar entre las patologías responsables de la muerte y discapacidad a escala mundial”. ¡Ya hemos llegado!

Recuerdo que eso empezó hace unos 25 años, aproximadamente, o más. Estaba en un servicio público y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que se convertía así en un cajón de sastre.  Quiero decir que teníamos que estar muy alertas al diagnóstico y poder discriminar.

Tres causas fundamentales se barajaban en este fenómeno:

1-     El boom de los antidepresivos. Para muchos, el antidepresivo, o algún ansiolítico, se ha convertido hoy en algo parecido a un complemento vitamínico.

2-      Se imponían los Manuales de diagnóstico (DSM-IV, etc.). La histeria, que era el termómetro de su época, era tachada del Manual. En su lugar aparecían las depresiones y la fibromialgia, entre otras. Todo se aplanaba y se banalizaba. La estupidez y la ignorancia también ganaban terreno en nuestro campo.

3-      De-presión, la presión se imponía como modo de vida, el estrés. Así, nos deprimíamos todos un poco ante la pesadumbre del mundo que nos ha tocado vivir. Y algunos tiraban la toalla.

He visto -veo- pacientes que llegan  con la etiqueta de “depresión crónica”, cronificada por muchos años de medicación. Llegan con el pronóstico “abandonad toda esperanza”, y, sin embargo, vienen. Una paciente joven me contaba que para ella la depresión era como la diabetes: ella y su fármaco, de por vida. Otra persona mayor me decía hace poco que se estaba enterrando viva… Muchos años de silencio y de fármacos solo tienen una salida: la cronificación. Acaso podemos hablar de un denominador común, algo del depresivo que deviene un paradigma del sujeto actual globalizado, atiborrado, desvitalizado o irresponsable, muy paranoide y maltratado; todo está fuera y el sujeto deviene objeto, víctima del maltrato ajeno.

              Y aquí es donde aparece la “vacuna contra la depresión”, para salvarnos de una muerte anunciada.

              Y, sin embargo, o por eso mismo, seguimos aquí, nuestra ética da un giro radical a la queja: lo que es queja o coartada deviene una responsabilidad. Es lo que llamamos rectificación subjetiva. Como psicoanalistas situamos al sujeto donde le corresponde estar, en la responsabilidad que le toca asumir, para poder algún día recuperar sus recursos propios y su deseo. Imposible sustraerse a eso.

Lo siento, amigos, no hay vacuna contra la depresión y, si la hubiera, les recomiendo antes de tomarla servirse una copa de cicuta, que nos asegura una muerte mas digna.

Daniela Aparicio, psicoanalista.              

www.danielaaparicio.wordpress.com

Niños, vínculos y desconfinamiento

Javier Bolaños, Julieta Lucero (LEAP y Fundación Salto)*

El confinamiento ha dejado en evidencia, al contrario de lo que podía suponerse, que podemos soportar más amablemente la distancia que la cercanía. Lo más llamativo de esto es que, si se pensaba el vínculo con el otro como lo que definía intrínsecamente al ser humano, tal vez hoy debamos, a partir de los últimos acontecimientos, poner en cuestión la vigencia de dichas nociones. Es más, tal vez la distancia pueda, en algunos casos, como hemos observado, oficiar de solución. Es que —también lo hemos presenciado— la necesidad, o el empuje incesante al vínculo, puede llevar a lo peor.

Es posible pensar que se avecina una era donde los lazos con el otro adquirirán un nuevo estatuto. De hecho está sucediendo: la planificación de un futuro sostenido en lazos virtuales; habrá más tiempo y más espacio para enfrentarnos a la pregunta de qué va a hacer cada uno consigo mismo. Precisamente el trabajo del psicoanálisis con niños nos enseña al respecto: la incitación a que un niño salga de su soledad y establezca lazos, ¿conduce necesariamente a que haga algo con el otro? Debemos repensar el para qué de un vínculo. Y al preguntarnos el para qué, nos preguntaremos también por el cuándo. No solo está comprometido el espacio en nuestro porvenir, sino que del mismo modo lo está el tiempo. La percepción que hemos tenido sobre este último se halla notoriamente en jaque.

Pensar el destino del quehacer con uno mismo, que indefectiblemente tiene consecuencias en lo que se hace con el otro, se vuelve crucial cuando vislumbramos que los niños de hoy probablemente sean educados por máquinas. Y, quizás, el problema no sea la intervención de una máquina en la vida del niño, sino que, al ser esta quien estaría encargada de gran cantidad de actividades con él, habría aún menos posibilidades, en términos de espacio y de tiempo, de que padre y madre sean quienes incidan en la orientación de la vida de su hijo. Es ineludible contar con padres atentos a efectuar esta tarea.

En concreto, la salida de este confinamiento es un momento oportuno para advertir, en cada caso, tanto lo que realmente hemos perdido en  circunstancias críticas como estas que atravesamos con el COVID 19, como también lo que, tal vez sin saberlo, continuamos reproduciendo. Un ejemplo habitual en este sentido son los problemas de conducta de nuestros niños que parecen resultar inabordables para los padres, al menos en nuestras latitudes, desde mucho antes del confinamiento.

En este escenario, más que pensar en lo que podrá recuperarse al culminar el encierro, sostenemos esencial definir cómo se va a continuar y, a la vez, dónde se va a detener cada uno. La ubicación clara del lugar de cada uno es la que se ha desdibujado. A eso nos referimos con la pregunta sobre qué hace cada uno consigo mismo. Incluso se trata de analizar qué tiene confinado cada uno y qué hacer con ello.

En este sentido, el trabajo con límites, operación que atañe también a padres y a hijos, permite esclarecer dónde se encuentra cada uno en relación al otro. El psicoanálisis es precisamente una praxis que se dedica a establecer, con alguien, la distinción entre los límites en los que se juega una vida y lo que está más allá de ella.

Agregamos algunas puntualizaciones más. Consideramos de vital importancia para la vida del niño, y no menos del adulto, crear espacios, y destinar tiempo, para la emergencia de estos planteamientos, puesto que, ahora más que nunca, las estructuras habituales en las que nos apoyábamos para funcionar se han visto sacudidas, cuando no desmoronadas, por la pandemia. El vínculo con el otro, en consecuencia, ya no podemos, ni debemos, darlo por hecho. De manera que cada uno tendrá que abocarse a la tarea de producir nuevas soluciones y los vínculos entre ellas, a partir de la conformación de nuevos límites. 

Nuestra pregunta, casi urgente, considerando las alteraciones sociales y económicas que la pandemia introdujo en nuestro modo de vivir, y de vincularnos, se reduce a precisar qué hacer con los niños en este contexto. 

Arriesgamos una primera respuesta: a un niño, probablemente, no deba protegérselo de los límites, que son los suyos, por supuesto, porque así solo prolongaremos su estado de ingenuidad al respecto; en su lugar, tal vez debamos acompañarlos a advertir cuáles son los mismos, cuáles de ellos lo constituyen en concreto, y cómo, con eso, establecer su vida con otros.

Javier Bolaños, Julieta Lucero (LEAP y Fundación Salto)

*NB.: Este artículo es producto de las reuniones de trabajo con Román Pérez Burin y Ana Molinaro Maturano, de Intervenciones en la infancia (Espai Freud).

El Homo bioquímico, o mutaciones de la subjetividad

Por Daniela Aparicio, psicóloga, psicoanalista.

Esta es una reflexión sobre nuestro paisaje actual, en tanto que terapeutas de la psique.

 A los pocos días de empezar el confinamiento, con unos colegas psicoanalistas, difundimos una oferta de soporte gratuito para quien pudiera necesitarlo. Un oscuro manto había caído sobre nuestra rutina, vínculos y modus vivendi, y era de prever que esa conmoción traumática podía desatar trastornos de todo tipo.

No les voy a hablar de las personas que seguían su análisis empezado previamente; con ellos la continuidad era casi natural, ¡gracias al bendito teléfono!

Me refiero a los nuevos, personas que no conocía para nada y que empezaban a llamar o a escribir por WhatsApp. Venían sin nombre, con un diagnóstico o varios, y abundaban los trastornos bipolares y límites. Se presentaban con la etiqueta puesta —“soy bipolar”— y con su correspondiente receta.

Un joven de 18 años (actualmente tiene 28) es etiquetado como psicótico tras una decepción amorosa. Le recetan neurolépticos y le explican que tiene un trastorno químico que el fármaco va a subsanar. Lo ve un psicólogo conductista que confirma la opinión del galeno y recomienda pensar en positivo. Se “vuelve loco”, literalmente, según me relata, y decide dejar la medicación. Su odisea continúa, de psiquiatra en psiquiatra, una «anda-dura» de diez años, con recetas de antidepresivos que producen una fuerte dependencia. Cada vez que deja el fármaco, recae. No tiene otros recursos para elaborar sus duelos; no hay acceso a la palabra; enmudece en su confinamiento personal.

Lo que venía ocurriendo desde hace años en nuestro campo de trabajo me golpea con su evidencia, una pesadilla que domina la psicoterapia actual.


Estudio comparativo del cuero cabelludo y una cebolla, de Leonardo da Vinci.

Llaman personas —unas quince— que no saben nada de su propia vida subjetiva, su mundo interior; ¡su historia o memoria no existe o está prohibida! No hay permiso para la separación, el duelo, ni para la palabra. Es evidente: son los nuevos seres bioquímicos, bautizados así —diagnóstico y farmacopea— por el mandato de la ciencia.

Si esa es la ética de la psiquiatría actual, y lo es, como he podido observar desde mi pequeña parcela, ¡vamos listos! En poco tiempo veremos colas de bipolares, en fila y tragando su pastilla, como la hostia consagrada, y otros poniendo a prueba todo el Vademecum —su salvavidas—.

Otra observación que me llena de estupor en esa corta investigación son los sujetos que ya no quieren hablar, o no pueden, y solo quieren escribir por WhatsApp. Cuando propongo hablar, lo rechazan con el argumento de la vergüenza o, literalmente, con una incapacidad para hablar. Insisto pero no retrocedo y leo entre líneas las palabras de una lengua perdida. Los errores de ortografía y sintaxis lo delatan.

¿Acaso ha menguado la palabra que nos humaniza y sostiene nuestros vínculos?

La COVID, entre otras cosas, ha revelado lo velado que aparece a cielo abierto, si queremos verlo. Escucharlo será mas difícil. Algunos sujetos se esconde detrás de su pantalla, que les protege del mundo y de sí mismos; han olvidado su nombre, no saben cómo manifestar sus emociones.

Tampoco saben a quién se lo dicen. ¿Quién es el otro que está del otro lado? ¿Será sometido a un juicio superyoico? ¿Será condenado a una etiqueta perpetua con medicación? Se ha perdido, y a veces con razón, la confianza en el otro profesional de la psique. La transferencia hace aguas y reconducirla no resulta fácil, aunque tampoco es imposible. Si llaman, hay demanda y sufrimiento, no saben cómo decirlo ni a quién se dirigen. El reto para mí era cómo disolver la paranoia para plantear un otro tolerante, atento y sin prejuicios, que es lo único que podía garantizar un lazo de continuidad.

Si pierde la novia, se le muere la madre, lo atropella un coche y todo es químico, tendremos que concluir que se nos fue la humanidad al laboratorio, ¡o al carajo!

El supuesto Homo Deus, como le llama Yuval Harari —aunque de “homo” ya le queda poco— es finalmente un esclavo de la ciencia, un pobre diablo que ha perdido su esencia.

Hace tiempo que empezó la “nueva” normalidad, y no habíamos caído en la cuenta.

Daniela Aparicio

La mirada suspesa

En el marc de les activitats #FREUD2020BCN per commemorar els 100 anys de la publicació del text de Freud: Més enllà del principi de plaer, Espai Freud i la Filmoteca de Catalunya van programar un cicle, interromput per la crisi de la Covid19, sota el títol de 100 anys de Més enllà del principi de plaer. The Virgin Suicides, presentada per Mercè Coll, va ser l’última sessió.

The Virgin Suicides (Las vírgenes suicidas) – Sofia Coppola, 1999

Primer llargmetratge de Sofia Coppola, realitzadora i autora del guió de la pel·lícula. La història és una adaptació de la primera novel·la de Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960),  que va obtenir, des de la seva publicació en 1993, un gran reconeixement per part d’un ampli sector de la joventut nord-americana.

 És una història d’amor i de mort, una història tràgica que anunciava la descomposició d’un sistema de vida, considerat model de benestar econòmic i emblema dels valors defensats per la democràcia nordamericana. Està localitzada en els primers anys de la dècada dels 70 del passat segle, en un barri residencial d’una ciutat dels Estats Units.  Els seus protagonistes son uns  joves adolescents perdudament enamorats de les germanes Lisbon, les verges suïcides esmentades en el títol. Són 5 germanes: Cecilia (13 anys), Lux (14 anys), Bonnie (15 anys), Mary (16 anys) i Therese (17 anys) que viuen sota la severa autoritat de la mare i el consentiment passiu del pare.

Un relat en suspensió

La història està relatada des dels records que conserven els adolescents protagonistes sobre les 5 germanes, a partir del moment en que Cecilia va intentar morir tallant-se les venes a la banyera.  Tot el film està construït com un extens flashback conduït per una veu narradora, que tracta d’explicar els fets que van desencadenar el tràgic final. L’intriga no es basa en descobrir el desenllaç, perquè des de l’inici sabem com acabarà la història, sinó en poder explicar les causes del que sabem que va succeir.

A mida que avança la trama, aquesta pregunta inicial va adquirint una significació més amplia sobre el sentit de la vida, com posa de manifest el narrador que en un moment donat es lamenta de que les 5 germanes no van saber trobar aquest sentit. La pregunta que queda suspesa en l’aire és si ells mateixos l’han trobat o s’aferren cegament a la seva passió amorosa per les germanes,  com un ideal de vida que pugui guiar les seves expectatives de futur.

La idealització de l’amor els hi permet somiar una vida diferent de la que els hi ofereixen els adults, però el problema sorgeix quan aquesta esperança queda anul·lada per la mort de les germanes. La seva desaparició suposa una pèrdua dels seus anhels i amb ells el sentit de la vida que creien tenir.

L’evocació dels records de les germanes els hi permet mitigar, en part,  el dolor de la seva absència, al mantenir-les com imatges guardades en la memòria, però sempre sota l’amenaça  de desaparèixer amb el pas del temps. Per evitar aquest oblit tracten de reforçar la memòria a través d’una pregunta reiterada sobre els motius que van tenir per prendre la seva decisió. Aquesta recerca és la que guia el seu relat i la que els hi permet assegurar les imatges de les Lisbon. La resposta definitiva no la trobaran mai i potser per això, com explica el narrador, cada cop que es troben en la seva vida adulta rememoren els fets, buscant una explicació del perquè no van poder entendre que ells les podien salvar.

Finalment es produirà el  reconeixement de no poder trobar una resposta satisfactòria, i la pregunta inicial queda suspesa en l’aire. Es tanca el relat amb les següents paraules:  “No importa la edad que tuvieran o si eran chicas, sino que las amábamos y que no nos oyeron llamarlas… ni nos oyen fuera de esta casa donde siempre estarán solas y donde nunca encontraremos las piezas para encajarlas”.

El trajecte narratiu acaba amb les mateixes imatges amb les que començava. La càmera inicia un moviment vertical entre els arbres fins apuntar a un cel blanquinós, que inunda tota la pantalla, i la resposta a l’interrogant inicial es dilueix entre els núvols,  deixant el rastre nostàlgic d’un any de la seva adolescència en el que van creure que tot era possible.

Les imatges dibuixen un moviment en bucle, que ens permet completar el sentit de la resposta de Cecilia a la pregunta del metge i entendre que aquest diàleg condensa el sentit de tota la història:

  • ¿Qué haces aquí bonita? Aún no puedes saber lo mala que és la vida.
  • Obviamente, doctor, usted nunca ha sido una chica de 13 años.

La mirada desafiant de Cecilia, en un primer pla frontal mirant a càmera, clarament apunta a una resposta que el metge no podia escoltar, i que els nois tractaran de desxifrar.

Un recorregut per la representació

La pel·lícula es presenta com una comèdia lleugera d’amors adolescents, que segueix les pautes del gènere en la descripció dels fets i la caracterització dels personatges. Malgrat això en el títol mateix emergeix un malestar que va aflorant, cada cop més, al llarg del relat, com si la mort anunciada de les 5 germanes fos el començament d’un procés de descomposició de la societat. La crònica inicial dels fets derivarà poc a poc en faula moral de contorns poc definits, enterbolida i opaca, com l’aire contaminat que envaeix les cases i els carrers al final del relat.

Tot es fa visible a la superfície de les imatges, tot aflora, però aquesta visibilitat no és clara, no podem identificar els contorns de les coses i el sentit queda suspès al no poder estabilitzar la significació de les imatges,ni la seva credibilitat.

 Ens movem en el domini de la il·lusió de realitat i en la veracitat de l’univers ficcional però la nostra situació en aquest univers no és estable i va canviant per la varietat de registres que adopta el relat. La nostra creença en la realitat de les imatges oscil·la en funció dels canvis que es produeixen respecte al model genèric utilitzat i, amb aquest moviment basculant, no acabem de trobar un lloc estable per elaborar una comprensió clara de la història. No sabem que ens ha volgut dir la directora: ha volgut fer un retrat de l’adolescència?, una visió crítica d’un sistema de vida i dels valors que el fonamenten?; és la crònica d’uns fets reals o possibles?, la recreació d’unes fantasies adolescents?…

Apuntem dos exemples d’aquesta indeterminació de la pel·lícula respecte a la veracitat de les imatges en el model narratiu convencional. El primer és respecte a la caracterització dels personatges que es mouen entre el naturalisme i l’estereotip, entre un model afí a la nostra experiència empírica de la realitat i aquell model basat en la parodia d’altres obres cinematogràfiques. Amb aquest moviment entre-dos les imatges parlen d’elles mateixes, del procés de significació que posen en marxa per a construir la realitat que mostren i la seva versemblança.

Un dels exemples es el retrat del Sr. Lisbon, elaborat amb el traç gruixut de la caricatura. En la majoria de les escenes la interpretació del personatge està excessivament accentuada en gestos i actituds, que recorden la comicitat de l’època muda. La seva identitat com a personatge queda reduïda a un conjunt de reaccions i accions sense entitat pròpia.

L’altra exemple es la presentació del jove Trip, el gran seductor enamorat de Lux, que mostra els seus encants pels passadissos de l’ institut i el suposat mèrit de ser el màxim consumidor de marihuana de tots l’alumnat. La identitat d’aquest personatge també queda diluïda en els gestos i el moviment del cos, sobretot en la seva presentació per part de la veu narradora. Al llarg de la pel·lícula agafarà una certa consistència com a personatge que culminarà quan, ja adult, es dirigeix a la càmera com interlocutora d’una suposada entrevista, per declarar que no pot explicar el perquè va abandonar a Lux en el camp de futbol, però, malgrat la seva acció, sí pot dir que mai ha tingut una experiència amorosa com la que va viure amb ella i que mai l’ha pogut oblidar.

El tractament de les germanes Lisbon és més complexa, però manté  també una certa ambigüitat respecte a la seva funció narrativa com a personatges centrals de la història. La caracterització de les germanes oscil·la també entre els dos models,  el que hem  anomenat naturalista i el fantàstic, en tant que son personatges de la memòria dels adolescents protagonistes.

En la representació visual de les germanes intervenen uns models de bellesa estereotipats, que podem veure naturalitzats en nombroses pel·lícules, sobretot en les de la indústria nordamericana. Per contra, a Las vírgenes suicidas aquests models no es naturalitzen com atributs objectius dels personatges, sinó que es presenten com a tals models, que donen un sentit precís a les figures representades.  No tenen una funció paròdica, ni metafòrica o simbòlica; són, més aviat, una cita a peu de pàgina de les imatges a les que fan referència. De nou ens movem en aquest entre-dos, dos models de representació que instauren una determinada significació de les imatges.

Les germanes es mostren com figures idealitzades i sublimades pels nois protagonistes. No tenen consistència pròpia com a personatges amb els que podríem establir uns vincles identitaris. La seva realitat es clarament fantasmagòrica, són pures imatges creades per unes fantasies compartides i evocades com a records.

El seus cossos no són tangibles, no poden ser percebuts en la seva fisicitat, sinó tot el contrari. En molts moments les veiem des de la fascinació que immobilitza la mirada i atura qualsevol apropament cap a elles. La seva atracció es converteix en una pura contemplació que les transforma en representacions divines i a la seva presència en aparicions.

Un exemple clar d’aquest tractament de les germanes el trobem en l’escena del seu retorn a classe, després d’una absència perllongada per la mort impactant de Cecilia. L’entrada de les 4 germanes està filmada des de la sorpresa, per la seva sobtada aparició,  i pel desconcert que provoca veure-les avançar pels passadissos com si res hagués passat, No hi ha cap senyal en els seus rostres del terrible suïcidi de Cecilia i avancen com deesses, indiferents a les mirades dipositades en elles. Res altera la seva majestàtica presència, i el moviment al ralentí dels seus cossos encara intensifica més la força d’atracció de la seva bellesa seductora i enigmàtica.  

Clarament són imatges que contemplem des de la visió dels nois que les recorden, imatges, per tant, que no responen a una experiència perceptiva empírica, objectiva,  sinó a un punt de vista subjectiu que transfigura les imatges en visions. El seu significat el podem reconèixer i identificar fàcilment gràcies a la semblança que tenen amb altres imatges incorporades a la nostre memòria i que formen part de la constel·lació d’imatges de la nostre cultura audiovisual.

Concretament ho podem veure en la similitud entre la visualització de les 4 germanes i les figures de les Nimfes, aquestes deesses adolescents representants de les forces de la naturalesa, que apareixien sobtadament entre les aigües o els arbres, despertant intenses passions a qui les observava , fossin deus o homes. Figures mítiques representades en  la tradició de les arts literàries i visuals, que el cinema ha incorporat en unes figures  inoblidables, que s’han convertit en autèntiques icones d’aquestes figures adolescents. Recordem la St. Kubrick (Lolita, 1962)  o  la d’Elia Kazan (Baby Doll, 1956)[1]

  Per uns moments les imatges es desvinculen del punt de vista que les ha originat i es mouen per si mateixes cap a altres representacions acumulades en la nostra memòria.

Són moments en que la mirada queda suspesa en la representació i les figures visualitzades s’immobilitzen  i detenen el temps narratiu. 

La major part de les imatges de les Lisbon tenen aquest caràcter inaprehensible. Són imatges que no podem captar, tocar amb la mirada, sinó solament contemplar a distància i admirar-les. En la seva bellesa es materialitzen uns clissés i la fisicitat dels seus cossos desapareix, juntament amb la seva identitat com  a personatges. Son imatges projectades com a visions que contemplem des de la mirada d’altres personatges o bé que veiem de forma opaca per altres imatges que reverberen en elles.

 En moments puntuals podem observar-les i detectar el seu dolor i la seva solitud. Escoltem les súpliques desesperades de Lux, quan la mare li fa destruir els seus discos preferits o quan la veiem eixugar-se les llàgrimes, refugiada amb les seves germanes en el lavabo del centre; però en cap d’aquestes escenes hi ha un apropament de la càmera o un muntatge de plans que permeti introduir la nostra mirada en l’escena representada. Solament hi ha mirades furtives sobre el que fan o volen, mirades a distància i que la majoria de vegades ens situen en els marges de la representació. Ens convertim en simples observadors, sense poder habitar el seu món, com els adolescents protagonistes que les contemplen des dels seus records.

Relació entre cinema i fotografia

Hi ha una escena particularment il·lustrativa de l’ús fotogràfic de les imatges, que sense trencar els moviments narratiu, s’insereixen en el muntatge. És la visita del capellà de la parròquia a la casa dels Lisbon, preocupat i encuriosit per saber com estan les germanes, que des de fa moltes setmanes ningú les ha vist. Efectivament les 4 germanes estan tancades a casa sense cap contacte amb l’exterior i ni tant sols poden sortir al jardí o al terrat. Aquest confinament ha estat imposat i vigilat estrictament per la mare, com a càstig pel comportament de Lux en el ball de promoció.

La càmera segueix el recorregut del capellà des de l’entrada a la casa fins i a la porta de l’habitació de les germanes. La càmera es situa darrera del capellà en el moment en que obre la porta i contempla les 4 germanes estirades al llit i mig assegudes a terra.  Formen una composició que recorda la utilitzada per certs pintors i fotògrafs que han representat l’atractiu mòrbid dels cossos adolescents, que lànguidament expressen una melancolia infinita. Es una imatge transformada en fotografia instantània pel contrast entre la  immobilitat de les germanes i el ràpid tancament de la porta per part del capella.

El contrast entre imatge fixa i mòbil està present al llarg de tota la pel·lícula, i és un dels principals factors que desestabilitzen la nostra posició d’espectadors. Al utilitzar els  paràmetres fotogràfics en la composició i muntatge dels plans es produeix una suspensió del fluid narratiu,  que posa en evidencia la composició orgànica del muntatge narratiu. La mirada no pot fluir entre les imatges, ni ser conduïda per la càmera. És una mirada que, en certa manera, queda expulsada de la representació i, per tant, dels mecanismes de la identificació narrativa.

L’interstici entre els plans passa a ser el nou lloc ocupat per la mirada i la seva funció esdevé la simple observació del que succeeix a la pantalla.

En el pròleg, abans del títol de la pel·lícula, s’utilitza aquest mecanisme per condensar les característiques del marc físic i social en el que transcorrerà la història. Aquest segment inicial té una durada aproximada de dos minuts i es composa de diverses escenes descriptives de l’entorn, i fragments del rescat de Cecilia que condensen el temps de les accions realitzades. Aquest pròleg actua com sumari il·lustratiu del sistema de vida característic de la societat on es desenvoluparan els fets. Amb el seguit de plans breus, presentats com les fotografies d’un àlbum familiar, podem fàcilment reconèixer que són escenes de vida quotidiana d’un barri de classe mitja benestant, amb cases sòlides i jardins frondosos. El so d’una sirena d’ambulància trenca la placidesa de l’entorn i introdueix l’element que desajustarà l’harmonia de l’ordre d’aquest petit món.

La realitzadora organitza les imatges com una suma seriada de fotografies, que es despleguen davant la nostra mirada. Son imatges enquadrades a distancia i enllaçades sense cap vincle de continuïtat més enllà de la seva pròpia serialitat. 

El muntatge del diversos segments no es guia per la continuïtat habitual utilitzada en el cinema narratiu, per a composar una unitat dramàtica. Habitualment els plans s’enllacen a partir de la direcció de la mirada i el moviment a través d’un enllaços (raccords) que garanteixin aquesta continuïtat i l’homogeneïtat dels diferents fragments amb que s’ha composat l’escena.

En molts moments del film aquesta homogeneïtat es trenca. Les accions  o els fets es mostren a  partir d’un muntatge que prioritza l’autonomia de cada pla. En general els plans són tractats com a vistes, com a punts de vista autònoms que mostren una acció determinada, un gest, un detall o fragment, que alteren la dinàmica del relat dirigida per la veu narradora. Amb un major o menor grau la visió “fotogràfica” del film contrasta amb el trajecte narratiu de la mirada o de la veu narradora.

Clarament Sofia Coppola estableix un contrast entre la representació fotogràfica i la cinematogràfica per a qüestionar una forma de narrar basada en la plena correspondència entre les imatges i la realitat que representen. La seva proposta és una reflexió sobre els mecanismes que han fet possible aquesta correspondència i apunta a noves relacions que modifiquin els models narratius instaurats, per a poder ampliar l’horitzó visible que el cinema ha projectat sobre la realitat.

De què tracta el film? Del suïcidi de les germanes Lisbon, sens dubte, però també de la forma que li dona a la història. Dos aspectes indestriables, que solament poden diferenciar-se en l’anàlisi precís dels mecanismes formals, que es posen en joc per construir el relat de la història. La història del suïcidi de els germanes és també la  d’un cinema que busca noves formes de relatar que ampliïn la nostra percepció de la realitat i mobilitzin el nostre pensament.

 Mercè Coll


[1] Respecte a les figures de les nimfes recomano dos llibres excel·lents, que han intervingut en l’escriptura del meu comentari:

– CALASSO, Roberto: La locura que viene de las ninfas y otros ensayos, México, Sextopiso, 2004.

– AGAMBEN, Giorgo: Ninfas, València, Pre-textos, 2010.

SOBRE UN SABER HACER EN EL TRATO Y TRATAMIENTO DE LA LOCURA

Bien pudiera decirse que el nuevo libro de José María Álvarez: Principios de una psicoterapia de la psicosis, es la continuación de su anterior trabajo: Hablemos de la locura. Allí nos habló de la relación entre la locura, la libertad y la creación, de la lógica y función del delirio, de las fronteras de la locura o de si son tan antagónicas la neurosis y la psicosis, de la locura normalizada y, finalmente, del trato con el loco y el tratamiento de la locura. Pues bien, allí donde lo dejó en su último capítulo es donde ahora lo retoma ampliándolo en formato libro.

Principios de una psicoterapia de la psicosis es un texto clínico y bibliográfico, ya que combina la experiencia clínica de su autor con la de los clínicos pioneros en la terapéutica de la locura. Con ellos dialoga nuestro autor porque les reconoce una experiencia institucional de la que teóricos lacanianos de las psicosis carecen. Es evidente  que  la   experiencia  clínica  gana   en  profundidad  cuando  se adquiere –como nos recuerda Álvarez–  «en  primera línea del frente, esto es, en los  CSM, las Unidades de hospitalización, rehabilitación, comunitarias, las instituciones de media o de larga estancia o manicomios, etc.». En el caso concreto del autor que nos ocupa, su perspectiva de la locura y su terapéutica está modulada por su lugar de trabajo: la asistencia pública, y más concretamente «en la Unidad de Psicoterapia Especializada, en el marco de un Servicio de Psiquiatría y Psicología clínica, dentro de un hospital general. (…)  En nuestro caso, la UPE se asienta sobre una base asistencial comunitaria, en la que un equipo está con y acompaña a los pacientes y les sirve de referente para facilitarles las cosas de la vida cotidiana y sobre todo para estar cerca de ellos siempre que lo necesiten o más alejados, pero relacionados. (…) Aunque adquiera formas distintas, el soporte comunitario más la psicoterapia es el modelo predominante en los países punteros de Europa septentrional continental, como el que Yrjö Alanen comenzó a desarrollar en el hospital psiquiátrico en Turku, Finlandia, a partir de 1969. Hoy día, las casas Soteria (salvación o liberación) funcionan actualmente en Suecia, Finlandia, Alemania, Suiza, Hungría, Estados Unidos y algunos otros países». Por situar la modalidad del trabajo de la UPE, Álvarez lo sitúa más cerca de la Soteria suiza de Luc Ciampi que de la Soteria de Loren Mosher. En todo caso, es importante resaltar que el acompañamiento y la psicoterapia suponen una alternativa mucho más eficaz que el tratamiento único: farmacológico, de la cada vez menos hegemónica psiquiatría oficial, como lo demuestra que el Consejo Superior de Salud de Bélgica se acaba de posicionar en contra del DSM y la CIE y favor de un cambio de paradigma, en cuanto que dichas clasificaciones internacionales definen las diferentes sintomatologías psíquicas como enfermedades biomédicas sin evidencia científica alguna. Por otra parte, tanto la British Psychological Society como la organización Mental Health Europe y la ONU han abandonado el modelo biologicista y apuestan por el modelo psico-social.


Principios de una psicoterapia de la Psicosis cito al autor– se abre con una introducción que da cuenta de qué es la psicoterapia de la psicosis y expone su aplicación en el contexto de nuestro trabajo hospitalario. En la segunda parte, le siguen diez capítulos que desarrollan sendos principios, los que me sirven hoy de guía: la locura como defensa; su variada expresión clínica; la necesidad de la psicopatología para la psicoterapia, y viceversa; la relación de la transferencia y la soledad, y de ésta y la locura; las diferencias entre la transferencia neurótica y la psicótica; el poderío de la transferencia;  las características de las relaciones transferenciales con arreglo a los distintos polos de la psicosis; la sugerencia de no interpretar al loco; y, por último, cerrando el círculo, la recomendación de no perturbar la defensa, menos aún con esas interpretaciones que pretenden sacar a la luz las entretelas de la historia de un sujeto que apostó por rechazarlas como si jamás hubieran existido».

Estos principios dice el autor haberlos escrito en función de su experiencia clínica más que en lo leído en los libros de los pioneros de la terapéutica de la locura: Paul Federn, Harry Stack Sullivan, Frieda Fromm-Reichmann, Herbert Rosenfeld, Wilfred Bion, Harold Searles y Sivano Arieti. De éstos Álvarez ha podido separar el grano de la paja, como por ejemplo, «que la relación transferencia era mucho más resolutiva que las técnicas empleadas» y el abuso de las interpretaciones, y pese a que «emplean un lenguaje rancio, de los que echa para atrás». Algunos de estos pioneros fueron psicoanalistas de inspiración freudiana y kleiniana y  «vinculados a a dos clínicas señeras: la Chestnut Lodge (Maryland) y la Tavistok (Londres)».

Sostiene nuestro autor que la idea que se tiene de la locura repercutirá en su terapéutica. «Si la psicosis se concibe principalmente como una alteración de la relación con la realidad, la tendencia del clínico consistirá en intentar restablecer el orden de la realidad y devolver al paciente a ese marco referencial desvirtuado por la locura. Si, por el contrario, la locura se comprende esencialmente como una defensa necesaria y los síntomas como muletas imprescindibles, el tratamiento se orientará hacia un reequilibrio, se adapte o no a la realidad imperante y se amolde o no a los ideales de cada momento», o a la normalidad normativa.

El modelo psicopatológico que nos propone Álvarez parte de que «las formaciones patológicas son el resultado de procesos y mecanismos defensivos». La clínica bajo transferencia del caso por caso nos marcará cuándo, cómo  y  con  quién tenemos que apuntalar o desmantelar sus defensas. Así es una clínica diferencial   entre la locura y la neurosis. Si la locura es una defensa radical hay que ir con mucho tiento, pues aunque nos valemos de palabras, sus efectos terapéuticos dependen por entero de la transferencia conseguida. Aunque tampoco hay que estirarla más de la cuenta, pues aunque el loco pueda soportar un quántum de nuestras palabras de más, siendo la transferencia una cosa de dos, el profesional hará bien en tener muy claro lo que de ninguna manera tiene que decir y en que terreno minado no pisar. En palabras del autor: «Una cosa es acotar ciertos acontecimientos y avatares de la historia personal (como los desencadenantes de sus crisis) y otra bien distinta es ahondar en lo que está bajo el cemento de la forclusión».

¿De qué se defiende el loco de manera tan radical? Álvarez nos dice: «Representaciones intolerables, sexualidad, pulsión o castración serán algunas de las referencias que motivarán la defensa, los topes que indican lo que un sujeto puede y no puede soportar». Y cita a S. Arieti: «La psicosis puede considerarse como el último intento por parte del paciente para resolver sus dificultades». Y también a O. Fenichel: «Cuando el paciente necesita su delirio para fines de defensa, el analista debe respetar este hecho».

Como se lee, psicopatología, clínica y ética son la base del arte de la acción pero sobre todo de la omisión del profesional. Nuestro autor nos pone un ejemplo: «¿En qué beneficiaremos a Luis Francisco, un hombre joven al que estamos dedicando muchas horas de nuestro trabajo, si lo confrontáramos con la realidad y le explicáramos machaconamente todo ese rollo patatero de las distorsiones cognitivas? Cuando él se plantea: “Soy Dios, porque o soy Dios o soy esquizofrénico”, vamos nosotros y lo desnudamos diciéndole que es esquizofrénico porque lo otro es imposible. ¿Eso le puede ayudar a reequilibrarse? ¿Se volverá a levantar pronto al día siguiente y hará unos cuantos kilómetros por caminos y callejuelas, entre la lluvia y el frío del otoño, para venir a vernos, tomarse un café con nosotros y pasar allí unas horas, mientras «las paranoias» (autorreferencias) se lo permiten?».

Insistir sobre la importancia de la transferencia en el trato y tratamiento de la locura   será porque no nos viene dada sino que hay que construirla desde las primeras entrevistas preliminares y, porque a diferencia de la transferencia en la neurosis, en la locura hay más certeza que amor y deseo. Aun así, Álvarez nos dice que «la transferencia del neurótico y la del psicótico no son lo contrario; son dos formas diferentes de relación». No hay que tomar por opuesto lo meramente disímil.

De las aportaciones de Lacan que aparecen a lo largo del texto de Álvarez, vale la pena destacar las que hacen referencia a la transferencia,  pues son capitales para entender la diferencia entre la transferencia que se da en el psicoanálisis de las neurosis y la transferencia que se consigue en la psicoterapia de las psicosis. Así como para entender la transferencia psicótica. Cito a Álvarez: «Seguramente la mejor caracterización de la transferencia psicótica corresponda a la que Lacan hiciera sobre la erotomanía»…. en la paranoia. Pero como la paranoia es un polo de la psicosis, Álvarez amplia las transferencias psicóticas a los tres «polos de la psicosis: la indiferencia en la esquizofrenia; la ambivalencia y la dependencia exigente en la melancolía; la erotomanía en la paranoia».  Por otra parte, y para frenar el furor interpretativo, tanto en el análisis del neurótico como en la psicoterapia de la locura, Álvarez trae a  colación alguna  de las ideas que Lacan dejó dichas sobre el uso y abuso de las interpretaciones, no vaya a ser que nos pase como a Rocío Jurado con el amor, que se nos gaste la efectividad de la interpretación de tanto usarla.

Volviendo a la psicoterapia de la locura, lo que posibilita la transferencia con el loco es la extrema soledad del trastornado, ya que, sitiado en su torre de defensa por sus perseguidores o con la única compañía de sus voces, poco lazo social puede llevar a cabo. Lo que le defiende, le aprisiona a partes iguales. «Esa incomodidad de la soledad por excelencia deja un pequeño resquicio, un ahogado grito de socorro por el que los terapeutas nos colamos» para ofrecernos como un interlocutor posible. Ser el secretario del alienado para, desde dentro de la relación, actuar como contrapeso a su exceso de goce. Con nuestra presencia y escucha no perseguimos su curación, puesto que las experiencias psíquicas no son enfermedades, sino procurar el reequilibro, la compensación, la creación de síntomas soportables, así como ayudarlo a encontrar suplencias creativas, ya «sean musicales, literarias, políticas, psicológicas, científicas o lo que sea, a condición de que favorezca la creación de una obra» que actúe como contrapeso a su autodestrucción. «En cualquier caso, como sucede en cualquier terapéutica, lo que se busca es mermar el empacho de goce y aminorar su poder adictivo». Arte y oficio que requiere del profesional «tener curiosidad, mostrarse en falta, habituarse al sinsentido y al exceso de sentido, prescindir del sentido común y dejarse usar».

Para ajustar aún más nuestra acción y omisión ante las diferentes posiciones subjetivas o polos de la psicosis, Álvarez nos recomienda: «con el esquizofrénico, debido al encierro interior, al desgobierno del lenguaje y al sindiós de la fragmentación corporal, lo mejor es no comprender; con el melancólico, a consecuencia de la falta de deseo y la ausencia de todo soplo de vida, se recomienda no desfallecer; con el paranoico, tan infatuado, narcisista y ciego de certeza, lo que conviene dar a entender es no saber».

A fin de comprender las variadas y particulares experiencias de la psicosis que nos podemos encontrar en nuestra clínica diaria, nuestro autor nos dice que: «la profundización en el entendimiento del pathos incide directamente en la terapéutica, y ésta, a su vez, supone un penetrante conocimiento de la psicología patológica». Como a partir de Freud la psicopatología clásica se enriqueció con la psicopatología psicoanalítica o psicología patológica, Álvarez nos exhorta a coaligar ambos enfoques: lo objetivo –semiología– con las experiencias singulares de un sujeto –la subjetividad–, a fin de «orientar la dirección adecuada de la psicoterapia de la locura y del psicoanálisis de la neurosis». Como la psicopatología clásica o descriptiva es necesaria pero insuficiente, necesitamos las aportaciones de la clínica psicoanalítica sobre los mecanismos psíquicos que determinan las experiencias singulares de cada sujeto, particularidad que se evidencia en la relación con el paciente o clínica bajo transferencia.

El último capítulo del libro que nos ocupa, lo titula su autor: «Homenaje a Freud», pues a pesar de que el padre del psicoanálisis se atrevió más con el análisis de los aspectos psicológicos de la locura que con su terapéutica, tampoco dejó la puerta totalmente cerrada a su tratamiento. Álvarez rescata lo que dejó dicho Freud en 1905 en: Sobre psicoterapia. «Las psicosis, los estados de confusión y de desazón profunda (diría: tóxica), son, pues, inapropiados para el psicoanálisis, al menos tal como hoy lo practicamos. No descarto totalmente que una modificación apropiada del procedimiento nos permita superar esa contraindicación y abordar así una psicoterapia de las psicosis». Esa puerta hacia la psicoterapia de la psicosis ya está totalmente abierta y la han atravesado, modificando el dispositivo, cuantos se han atrevido a explorar nuevos territorios terapéuticos con la infancia, la adolescencia y la locura. Y es que, «gracias a él la locura dejó de considerarse una enfermedad similar a las demás y empezó a entenderse como una defensa que algunas personas necesitan. (…) De no haber sido por Freud, tocante al tratamiento de la locura seguiríamos merodeando sin rumbo, como así había sido con anterioridad. La autoridad de su legado se convirtió en un referente insoslayable. Unos la critican de arriba abajo. Otros la seguimos con mayor o menor fidelidad, pero con suma admiración y agradecimiento. Sea como fuere, en el ámbito de los tratamientos anímicos, Freud continúa siendo el faro al que todavía miramos, aunque sea con el rabillo del ojo».

En palabras del autor: «Ningún libro soluciona el cuerpo a cuerpo de la clínica. Confío, no obstante, en que éste aporte algunas claves. Y me gustaría que allanara el camino a muchos principiantes para aligerarles los sinsabores que hemos pasado otros».

Finalmente decir que Principios de una psicoterapia de la Psicosis de José María Álvarez –editado por Xoroi Edicions–  se completa con dos notables aportaciones: un prólogo de Juan de la Peña y un epílogo de Chus Gómez.

Carlos Rey

¿Qué hace el psicoanálisis con los niños?

¿Qué hace el psicoanálisis con los niños?                                  

                                                Julieta Lucero*

El título tiene el propósito de interrogar nuestra práctica, buscando respuestas en torno a las particularidades que adquiere el trabajo con los niños y su familia hoy. Para ello estableceré tres puntualizaciones que servirán de ejes orientadores:

            En primera instancia quisiera proponer como necesario el esclarecimiento de lo que entendemos por un niño o, para alcanzar mayor precisión, ¿qué es el niño hoy? La pregunta no debe ser respondida tan rápidamente, puesto que nuestro paciente ya no es el niño producto del objeto de deseo de los padres, ni el niño producto de la herencia de una tradición familiar que lo marca de un modo u otro. Tampoco se trata del niño del desarrollo de la psicología evolutiva, ni se trata del niño pleno de derechos del campo jurídico, cómo tampoco se trata del niño del DSM. Si bien no podemos desconocer que estos campos también abordan al infante, es necesario despejar el estatuto que tiene para nosotros ese niño que nos consulta.

Como punto de partida recurro a Kant en ¿Qué es la Ilustración? para oponer el niño a la minoría de edad según él la define: “(…) la incapacidad de servirse de su propio entendimiento, sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro”. Me interesa el acento puesto en la decisión y no en la edad cronológica, pues no sería factible pensar un psicoanálisis sin ella. Es decir, al niño es necesario suponerlo como un analizante cuyo advenimiento está vinculado a la posibilidad de decidir su ubicación (lugar a donde lógicamente lo acompañamos como analistas). Por supuesto es posible también encontrarnos con pacientes adultos que, ubicados como menores de edad, esperan en el consentimiento del otro la oportunidad para actuar. La decisión siempre implica soportar el costo de la misma.

            Como segundo punto abordaré lo que denomino como un trabajo de nudo. Por trabajo de nudo me refiero a la posibilidad de tomar como hilos a las demandas en juego para privilegiar, allí, los tejidos convenientes a la continuidad de la vida del niño. Esto implica que el psicoanálisis con niños pueda alojar a ese analizante, situado en un entramado de estructuras, demandas y necesidades que, si bien no le son propias, lo marcan e inciden en su vida y en el tratamiento mismo. Precisamente, como el niño de la época es tan evanescente, y tan presente a la vez según cuántos discursos lo conceptualicen, lo más probable es que haya necesidad de trabajar con la familia, la escuela, los institutos de rehabilitación y demás. Como resultado de este entramado de saberes y prácticas sobre el niño, considero que recibir a un infante en análisis es recibir también a ese nudo con el que habrá que resolver de qué cuerda tirar cada vez (sin ser nosotros quienes terminemos absorbidos por ese nudo).

Por último, quisiera terminar de desarrollar la pregunta del inicio. En 1969 Lacan advirtió, a propósito del fracaso de las utopías comunitarias y de las implicancias que esto tiene para la función de la familia, un lugar de residuo en la transmisión de un deseo que no sea anónimo, es decir, decididos a encarnarlo. Me pregunto entonces si realmente es posible, y de ser así qué coordenadas adquiriría, sostener un psicoanálisis a la altura de la época. En razón de esto mi incesante búsqueda sobre qué hacemos con los niños, qué política define nuestros actos si, por un lado, asistimos a una sobre-oferta de intervenciones sobre el infante, y por el otro lado, los padres refieren no tener casi nada para transmitir a sus hijos que oficie de orientación vital. En este sentido pienso en la importante decisión de los psicoanalistas de salir de los consultorios para entablar discusiones con otras prácticas que trabajan con niños, como pueden ser la educación y la salud, así como la difusión del psicoanálisis como un método de trabajo eficaz en la escucha y orientación de ciertas problemáticas de la infancia. Sin embargo, esto sitúa otra dificultad que se agrega a la mencionada anteriormente: la trasmisión de trabajo psicoanalítico a otros sin perder el horizonte de nuestra práctica y sosteniendo lo específico de nuestro trabajo, el deseo y la palabra. He aquí, que los esfuerzos de los psicoanalistas en decirle algo que valga al Otro de la época, tal como el que vienen llevando a cabo nuestros colegas de Espai Freud desde Intervenciones en la Infancia, resultan un punto de partida para el problema que el psicoanálisis transita hoy: el establecimiento de una clínica psicoanalítica propiamente dicha.

Quizás el psicoanálisis, frente a este contexto, deba trabajar con el niño para brindarle la posibilidad de emergencia de una pieza nueva que funde alguna variabilidad en la solución social que se espera, para permitirle, al niño, continuar sin que sea esa misma espera quien lo haga desaparecer.

Por último, entiendo que sosteniendo nuestro trabajo en este recorrido, que implica un análisis con niños, tal vez alcancemos claridad necesaria en la orientación de aquello que tenemos para ofrecer.

*Psicoanalista. Vicepresidente de Fundación Salto. Directora de Instituto de Fundación Salto.

Bibliografía

Lacan, J. (2012). Nota sobre el niño. Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós.

Kant. I. (1874). ¿Qué es la lustración? Recuperado el 10 de abril de 2019 https://filosofiajaimeferran.files.wordpress.com/2012/04/kant_ilu1.pdf

Oráculo de tristezas, reseña de Javier Alonso Prieto en la revista Quimera.

¿Es mejor reír que llorar? – David Pujante*

* En el número de marzo de 2019 de Quimera. Revista de literatura, Javier Alonso Prieto publicó esta reseña de Oráculo de tristezas, la melancolía en su historia cultural (del blog La Otra psiquiatría).


La literatura comparada ha de dirigirse a las obras literarias como manifestaciones culturales que tienen un significado más amplio que las propias cuestiones textuales. Las preocupaciones que en ellas se incluyen son síntomas para entender la cultura, la sociedad y por ende al ser humano. De este modo, en la literatura se pueden desentrañar las claves de la cultura y su alcance en el pathos humano. La melancolía está irremediablemente unida a la angustia existencial de los “animales despiertos”, como dice el David Pujante poeta, que diferencia como especie al ser humano. La melancolía sintetiza la antinomia de la muerte desde la vida, existencialmente es freno y espuela al mismo tiempo, por eso la risa y el llanto caracterizan tanto nuestra infancia como nuestra vejez.

David Pujante

En el ensayo Oráculo de tristezas, David Pujante (Cartagena, 1951) ahonda en sus trabajos de tematología comparada. Tras su enciclopédico y magnífico Eros y Tánatos en la cultura occidental (Calambur, 2017), ahora se enfrenta a otro de los temas clave de nuestra cultura: la melancolía. Si como profesor e investigador de teoría de la Literatura y Literatura Comparada era reconocido por sus trabajos en retórica y análisis del discurso, con estos dos volúmenes sienta las bases para la literatura comparada del siglo XXI. Las prácticas actuales han de huir del comparatismo decimonónico, que simplemente examinaba los tópicos desde diferentes autores y lenguas, y recoger todas las herramientas ofrecidas por los estudios culturales (postcolonialismo, feminismo, teoría queer…) que permiten al investigador llegar al centro del espíritu humano.

Oráculo de tristezas es una obra intensa e invita a la lectura completa del volumen para entender y afrontar la melancolía desde nuestra instalación cultural en el mundo. No es casual que los terapeutas clínicos de La Otra psiquiatría le hayan invitado a su catálogo para analizar una de las afecciones mentales más extendidas. David Pujante no desatiende las implicaciones patológicas de la tristeza, pero indaga su configuración cultural y propone una aproximación humanista y constructiva de la melancolía que sustituye a las visiones esencialistas de la psiquiatría positivista. La melancolía afecta al ser humano y desde su experiencia se ha construído la misma y la manera de combatirla.

La dualidad clásica que recupera Pujante, enfrentando el llanto de Heráclito a la risa de Demócrito, sirve para enmarcar las aproximaciones a la melancolía como hecho cultural desde los albores clásicos de la civilización occidental hasta las manifestaciones artísticas del siglo XXI. El primer capítulo sigue el tópico de los dos filósofos presocráticos a lo largo de la Antigüedad clásica, el Renacimiento, el Barroco, el clasicismo francés, el racionalismo y las vanguardias. Pujante dedica los once capítulos restantes a realizar un recorrido diacrónico de la tristeza humana y su impronta en las artes y el pensamiento occidental.

A partir del Siglo de Oro, Pujante dedica un espacio protagonista a la melancolía en la cultura hispánica. Goya, Blanco White, García Lorca, Leopoldo María Panero o David Nebreda le sirven para entender la melancolía desde el irracionalismo, el romanticismo, la noción de genio. Estos capítulos consiguen abrir nuevas puertas a los hispanistas, obligándolos a mirar más allá de los dominios académicos de la filología y de la historia del arte.

Al finalizar la lectura de Oráculo de tristezas el lector no se angustia por su tristeza, comprende que la melancolía es una característica de su comunidad humana y es más fácil sobrellevarla, sobre todo si se deja contagiar por el entusiasmo con el que David Pujante acomete la escritura ensayista.

Por Javier Alonso Prieto
Quimera. Revista de literatura, Nº 423, Marzo 2019

Presentación de “La Bruja” (The VVitch, 2015), de Robert Eggers.

Intervención de José Carlos Palma en el ciclo Fantasmagories del desig (La casa de la paraula – Filmoteca de Catalunya)

“Mi infancia transcurrió en Nueva Inglaterra y la historia de esta región siempre ha estado presente en mi conciencia, sobre todo durante mi niñez. Crecí en una zona rural caracterizada por sus antiguas casas en ruinas. En el colegio, siempre aprendíamos las mismas lecciones y estábamos tan obsesionados con las historias sobre brujas que siempre formaron parte de los juegosque imaginaba de niño. Los primeros sueños que puedo recordar son pesadillas relacionadas con las brujas (…) La mayoría de las pesadillas relacionadas con brujas que tuve cuando era pequeño se parecían al personaje de El mago de Oz. Esa bruja me daba miedo cuando tenía cuatro años. (…) Mi idea era crear la típica historia de terror sobre brujas ambientada en Nueva Inglaterra, algo que llevase a la gente al pasado. Cómo si pudieras introducirte en la pesadilla de un puritano y hacer que la audiencia quede inmersa en ella.”

Robert Eggers, director de la película.

Dos ejes que cruzan la película: la pesadilla y el juego.

En un texto de 1907 titulado El creador literario y el fantaseo, Sigmund Freud sostiene: “¿No deberíamos buscar ya en el niño las primeras huellas del quehacer poético? [Sustituyamos aquí “quehacer poético” por “realización de películas”] (…) todo niño que juega se comporta como un poeta [sustituyámoslo por “director de cine”], pues se crea un mundo propio o, mejor dicho inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada.”[1]

Según nos dice Freud, la equivalencia del juego infantil en la vida adulta es el fantaseo. Si las fantasías son para la mayor parte de adultos motivo de vergüenza, la excepción la consituyen el poeta y el novelista -añadámosle el realizador cinematográfico-, que  hacen de sus fantasías la base de sus obras. Es a través de la creación artística que las fantasías dejan de ser secretas y esdevienen motivo de deleite estético para cierto púbico. En La bruja, Robert Eggers parte de la figura causante de pesadillas y juegos en su niñez para construir su primera película. Qué mejor modo de aúnar los miedos y los juegos infantiles con un filme de género fantástico, género que hace del terror un entretenimiento. Tengamos en cuenta además: el molde del que se sirve el Eggers niño para las brujas de sus pesadillas es una bruja cinematográfica. Filmes y productos del inconsciente se retroalimentan: una película da lugar a una pesadilla y viceversa.

-La pesadilla

En La pesadilla (1910), el psicoanalista británicoErnest Jones investiga la relación entre ciertas figuras vinculadas a supersticiones medievales y las pesadillas. La figura de la bruja ocupa todo un capítulo en el ensayo de Jones.

“Las maléficas actividades de las brujas variaban entre los fastidios más triviales y los más graves daños, incluyendo la muerte misma. Un examen cuidadoso de daños revela, en mi opinión, que el temor escondido tras la creencia en el maleficio era el miedo, fundamental para la humanidad, de llegar a la incapacidado elfracaso en las relaciones sexuales.”[2] Esta afirmación de Jones tiene su reflejo en el film que nos ocupa: cuando su propia familia la toma por bruja,Thomasin reprocha al padre su impotencia como causa de los males que a ella se le imputan. Le acusa de no ser sincero ante la madre y de no saber hacer nada para alimentarles salvo cortar leña.

Un padre impotente frente a su mujer, puesto que no se hace lo bastante presente como para apaciguar los celos de ella hacia Thomasin, y frente a la naturaleza, ya que fracasa al intentar conquistar la tierra en la que han ido a vivir. En ese sentido, cuando finalmente el Diablo se presente ante Thomasin, las satisfacciones que le promete a la muchacha apuntan sutilmente a su goce sexual: saborear la mantequilla no sólo hace alusión a la obtención de alimentos naturales sino también a la fertilidad masculina.

Al final del capítulo que Jones dedica a las brujas, ofrece una definición que nos sirve igualmente para ilustrar aspectos clave en la película: “El concepto de bruja es una exteriorización de lasimágenes inconscientesde una mujer acerca de ella misma y de la madre, y ésta es una de las razones por las cuales las brujas, en su mayoría, eran muy viejas o bien muy jóvenes y hermosas. (…) en relación con el festín sabático, la fornicación con el Diablorepresenta una fantasía inconsciente de incesto.”[3]

Siguiendo a Jones, no parece casual que en el último tramo del filme, la bruja con apariencia de mujer vieja y la madre -tras haber sellado su pacto con el Diablo- rían maléficamente al unísono. Después, una vez el padre haya sido derribado por el macho cabrío, la madre tomará definitivamente como rival a Thomasin e intentará asesinarla. “¿Crees que no te he visto mirarlo, hechizándolo como una puta [a su hermano Caleb]?” (…) “¡Y a tu padre!”, dice la madre mientras forcejea con su hija mayor. En efecto, con su juventud y su belleza, Thomasin ha arrebatado a la madre su lugar privilegiado de mujer frente a su marido y su hijo adolescente. Esto es a lo que la madre hace referencia realmente cuando después le grite: “¡Me los has quitado!”, más que acusar a Thomasin de causar la muerte del padre y de Caleb. Librada de la madre, Thomasin hará suya la condición de bruja y acudirá al encuentro con el Diablo. Ahora puede desear libremente aquello que le habían prohibido y sumarse al aquelarre que un padre potente le ofrece.

El deseo incestuoso atraviesa las relaciones entre los personajes:

.El de Caleb hacia su hermana Thomasin, que encontrará una suerte de realización en el encuentro de Caleb con una bruja joven y hermosa -como Thomasin-, que ofrece con su escote lo que Caleb anhela ver en su hermana. Tras el encuentro, será Thomasin quien halle a Caleb desnudo, embrujado por la pulsión.

.El de la madre hacia Caleb: aquello que la madre desea, y que el Diablo usará para convertirla en su sierva, es la imagen de Caleb en el lugar del padre, con el pequeño Sam en el regazo.

.El de Thomasin hacia su padre (recordemos cómo le desviste) y hacia Caleb: advierte sus miradas de lascivia y genera un momento de arrumacos y cosquillas.

La premisa freudiana, el sueño es un cumplimiento de deseo, no se produce en las pesadillas. Pues el deseo no encuentra representación en imágenes y lo que surge en su lugar es la angustia, que termina despertando abruptamente al soñante. Sin embargo, podemos decir que La Bruja es una pesadilla que concluye con la realización del deseo de Thomasin, no sin antes haber pasado por la angustia. O quizá el final del filme es el sueño de Thomasin frente a la pesadilla que supone su propia existencia.

-El juego

Retomando la cita de Eggers que abre este texto, las brujas estuvieron también presentes desde el principio en sus juegos infantiles. Precisamente, en La Bruja los únicos personajes que no están tocados por la desgracia (significante que usa el padre para referirse a la desaparición de Sam, y primero de una serie de eventos traumáticos que van a poner en jaque a la familia en su exilio), son los niños, los mellizos Mercy y Jonas.

La madre aparece marcadamente melancolizada tras la desaparición de su hijo, apenas hace otra cosa que rezar en un susurro agónico. Ha dimitido de su función materna y exige a Thomasin que la cumpla por ella. El padre queda sin respuestas, la fe en la voluntad de Dios no alcanza para explicar lo que están viviendo, y es incapaz de enunciar la verdad frente a su mujer. Por su lado, Caleb trata de encarnar al padre para su hermana mayor. Pero es demasiado joven -el deseo apenas ha empezado a manifestarse en él- como para cumplir tal función.

Los mellizos Mercy y Jonas parecen conjurar el miedo que atenaza a su familia con sus canciones y juegos alrededor del macho cabrío, al que llaman Black Phillip. Estos juegos son otra manera de nombrar aquello a lo que los padres no pueden enfrentarse y tratan de atribuir a un mal diabólico o a la voluntad divina. Como Black Phillip, que había pasado inadvertido hasta ahora, pero se convierte en una presencia siniestra tras la desaparición de Sam pues se sospecha que el Maligno habita en él.  Lo que permanecía desapercibido en esta familia, y que el paso de una vida cómoda en Inglaterra al exilio hostil en las colonias americanas hace insoportablemente presente, es el deseo incestuoso entre sus miembros. Un deseo como efecto del aislamiento y el encierro, no sólo geográfico sino también el que suponen creencias religiosas tan férreas que eluden toda responsabilidad subjetiva.

Prestemos atención a las consecuencias que tienen los momentos de juego en este filme, y cómo se vinculan a lo maléfico.

En primer lugar, el pequeño Sam desaparece en medio del “cucú-tras” que su hermana mayor le hace. Un momento de risas y júbilo queda interrumpido de forma abrupta cuando Thomasin hace alegremente de madre (y esposa).

En segundo lugar, Mercy interrumpe el juego de cosquillas entre Caleb y Thomasin. Ofendida como si la hubiesen sorprendido con su amante, Thomasin asusta a su hermana pequeña asegurándole ser “la bruja”. Afirmación que hará suya en el tercio final tras matar a la madre, lista para realizar su deseo incestuoso con el Padre-Diablo.

En tercer lugar, cuando la muerte de Caleb desencadene una serie de acusaciones cruzadas entre los miembros de la familia, el padre asegurará entre risas negadoras “no estar para juegos de niños”. Los juegos de niños, con su alusión a Black Phillip, equivaldrán finalmente a pactos con el diablo. Después de haber encerrado a Thomasin y a los mellizos, el padre los disculpará en su desesperada oración a Dios, asegurando que “no pueden domar sus maldades naturales”. Con sus juegos, los hijos tratan de defenderse de la culpabilidad y el goce en el sufrimiento que aplasta a sus padres. Están más cerca del deseo. Pero para la pareja parental, el juego y el deseo son sinónimos de un mal que sólo trae desgracias.

A modo de conclusión, recordemos que La Bruja comienza con unos susurros. Más tarde, comprobaremos que corresponden a los melancólicos rezos de la madre. Al final del filme, esos susurros evolucionarán hasta los gritos del aquelarre a los que se suma Thomasin como nueva bruja. Así, la película de Robert Eggers traza un arco desde la culpa que aplasta al deseo hasta la realización del mismo. Un deseo inaceptable, pero precisamente por ello es un deseo.

José Carlos Palma, psicólogo clínico. Trabaja en el ámbito del autismo y la psicosis en la infancia.

Barcelona, 12 de febrero de 2019


[1] Freud, S. “El creador literario y el fantaseo” (1907). Disponible en http://gruposclinicos.com/el-creador-literario-y-el-fantaseo-sigmund-freud-1907/2013/08/

[2] Jones, E. “La pesadilla”, en “Obras escogidas”, RBA, Barcelona, 2006.

[3] Jones, E. “La pesadilla”, en “Obras escogidas”, RBA, Barcelona, 2006.

Para una clínica de la locura, por Carlos Rey

Hablemos de la locura es el nuevo texto de José María Álvarez y el séptimo título de la colección La Otra psiquiatría, editado por Xoroi edicions y con prólogo de Fernando Colina. Si en su anterior libro: Estudios de psicología patológica, Álvarez nos decía que «la inercia de la retórica de las enfermedades mentales es tan potente que conviene combatirla rebajando la densidad y el poder de los términos que emplea», en las palabras previas del libro que se presenta nos dice que hablemos de locura no de enfermedad mental, pues aunque psicosis, locura y enfermedad mental remiten a un referente común, tenemos que tomar partido a favor del término que menos perjudique a quien la padece, pues como cita el autor el decir de un paciente: «bastante tengo con estar loco, como para aguantar además que me llamen enfermo mental».

 Varios son los motivos que nuestro autor esgrime para que nos posicionemos a favor del término locura, como por ejemplo: «que no hay locura sin razón ni razón sin locura»; que la locura –como la razón– siempre es parcial porque ambas: locura y cordura, forman parte de la condición humana en una proporción variable que depende en y de cada sujeto, pues no hay pathos sin ethos, es decir, sin responsabilidad subjetiva en la elección de la locura como remedio de lo peor, ya que «la locura es ante todo una defensa necesaria para sobrevivir».

Hablemos de la locura, escribe Álvarez, para mantener vivo el interés por el estudio de la locura ayudados de la historia, la epistemología y la clínica del día a día. Clínica no tan polarizada como el pensamiento binario sobre el que se ha construido la psicopatología. Clínica en diálogo y transferencia con el loco que nos permite saber sobre la lógica y la función del delirio. Lógica del contrabalanceo del loco dentro de su locura y la función estabilizadora de su delirio. Casos como el de Schreber, Wagner y Aimée le sirven al autor para mostrarnos con nitidez «ese movimiento que parte de la maldad del Otro y se dirige hacia la asunción de una misión por parte del sujeto»: de la persecución a la megalomanía en el perímetro de la paranoia.

https://www.lacasadelaparaula.com/llibreria/la-otra-psiquiatria/19210-hablemos-de-la-locura.html

 Las diferentes posiciones subjetivas del sujeto no pueden ser consideradas enfermedades mentales, alegando un determinismo neuroquímico y genético inexistente. En palabras de nuestro autor: «se necesita mucha osadía para explicar cómo una alteración de la química cerebral hace a aquel loco oír tal palabra y no otra, o a ese fóbico angustiarse ante las cucarachas y no ante las culebras»; o para publicar perlas cientificistas (ver la revista digital Sanitaria) como estas: «Vinculan la placenta con el desarrollo de la esquizofrenia y el TDAH (…) Revelan 50 regiones del genoma implicados en el desarrollo de esquizofrenia». Por mucho que insista la invidencia científica, la realidad clínica es más tozuda y evidencia que los sambenitos psiquiatrico-psicológicos no se basan en el código genético de los pacientes sino en su código postal.

En resumen y como dice Álvarez: «Solo a condición de considerarla un oxímoron, la expresión “enfermedades mentales” puede usarse de forma cabal». Ídem de ídem para lo que diantres signifique salud mental. Sigamos pues, hablando de la locura, tal y como hace nuestro entorno cultural, aunque nuestro lenguaje esté excesivamente medicalizado y sea más bio, menos psico y menos social. En este sentido, dice Colina en el prólogo de este libro: «Es lamentable,  pero es un síntoma revelador de lo que está sucediendo, que hasta la Real Academia de la Lengua se permita una definición de la palabra esquizofrenia realmente tendenciosa.(…) En vez de definirnos la palabra, como es su cometido, nos da una lección más propia de un manual que de un diccionario de la lengua. Y encima lo hace recurriendo a los antojos más gratuitos sobre la enfermedad, como son sostener que es propia de la pubertad, que genera demencia y que es incurable».

Mejor sigamos hablando de locura como lo hace la filosofía, la literatura y el decir de los pacientes; o como nos propone Álvarez: de la relación entre la locura, la libertad y la creación; de la lógica y función del delirio: del caso Wagner, el impuro; de Aimée, la elegida; de las fronteras de la locura o de si son tan antagónicas la neurosis y la psicosis; de la locura normalizada; y finalmente, del trato con el loco y el tratamiento de la locura.

Locura, libertad y creación.

 Álvarez sintetiza las divergencias y convergencias entre locura y libertad en lo dicho por Henri Ey, para quien el loco es un enfermo privado de libertad –y nunca mejor dicho–, mientras que para Lacan «el loco es el hombre libre», aunque su decisión de serlo sea insondable. Epicuro, Spinoza y Freud son para nuestro autor pensadores que «se decantan hacia el determinismo pero que a la vez salvaguardan un espacio irreductible a la capacidad de decisión, es decir, a la subjetividad». María Zambrano lo dijo así: «Las circunstancias no fuerzan sino al que ya ha elegido». La aportación de Álvarez a esta cuestión viene de la mano de F. Colina. Juntos y por separado hace ya veinte años que empezaron a pensar «los cambios de posición subjetiva o cambios que el loco realiza dentro de los tres polos esenciales de la psicosis»: la melancolía, la paranoia y la esquizofrenia.    «Esta aportación –sigo citando al autor– no despeja por completo “la insondable decisión del ser”, pero ilumina la presencia de un sujeto en la locura, un sujeto al que se le pueden seguir los pasos de sus decididos movimientos en busca de equilibrio». Y cita como ejemplo el caso Schreber en el que se puede seguir su paso de la melancolía a la esquizofrenia, después a la paranoia y de nuevo a la esquizofrenia. Para las espaldas plateadas de la psiquiatría biológica y la psicología que le da coba, se trataría de alguien que tiene tres enfermedades: depresión mayor, esquizofrenia y trastorno de ideas delirantes. Para La Otra  psiquiatría implica que el loco: «es capaz de decidir y elegir, al menos un poco, sea para bien o para mal. (…) Bien es cierto que quien elige eso, a menudo es para escapar de algo peor».

Sobre las relaciones entre la locura y la creación, nuestro autor repasa a quienes nos han precedido y encuentra pensadores que destacan la relación positiva entre ambos términos. Séneca, por ejemplo: «No hay gran fuerza imaginativa sin mezcla de locura». Así lo dijo Zaratustra: «Hay que llevar verdaderamente el caos dentro de sí para poder engendrar una estrella danzarina». La visión negativa estaría representada por las especulaciones de Cesare Lombroso, para quien el genio es un enfermo, un degenerado genéticamente tarado; sin más. Y una tercera visión considera que «no se puede estar loco y al mismo tiempo ser un creador, y menos aún un genio». Álvarez considera que «el tormento anima a la creación» y se alinea con lo dicho por Colina en su potente trabajo de investigación: Locas letras (Variaciones sobre la locura de escribir) donde evoca la función de la escritura como pharmakon. Y nuestro autor concluye diciendo que, aunque ignoramos la quintaesencia de la creación, conocemos la capacidad creativa del loco, sea a través de la escritura, el delirio o de lo que sea, y que más allá de su valor estético la creación tiene una función equilibrante para el loco.

Lógica y función deldelirio 

«Nuestra clínica está ligada a las buenas preguntas», nos dice Álvarez. Y a las que nos propuso en su anterior libro antes citado: «de qué sufre/goza (síntoma); cómo y dónde se manifestó (coyuntura, contexto y trama); por qué sufre/goza de eso y no de otra cosa (elección del síntoma conforme a la historia subjetiva); para qué le sirve ese síntoma del que se queja y goza (función)»; en esta ocasión añade una nueva para guiar nuestra escucha: «cómo se explica el paciente lo que le sucede».

Para saber de la lógica y función del delirio, nuestro autor retoma la pregunta que se hizo Achille Foville y su posterior debate: ¿por qué muchos perseguidos se vuelven megalómanos? La respuesta que se da Foville en forma de silogismo: si me persiguen es porque soy alguien importante, no está a la altura de la hondura de la pregunta, nos dice Álvarez, quien añade: «no se trata de una mera  transformación del tema del delirio, como proponía Foville y discutieron Garnier y Séglas, entre otros. Lo que pretendo mostrar es que la invención delirante puede proporcionar un cambio de la posición del sujeto, es decir, el paso de un estado pasivo de objeto de goce de la maldad del Otro a un estado activo en el que asume una misión, a menudo salvadora». Para nuestro autor «la persecución y la megalomanía corresponden a esos dos extremos del columpio que representa el polo paranoico de la psicosis», cuyo contrabalanceo puede suponer una mejoría si el cambio de posición subjetiva es más sufrible. Fue Freud, nos dice Álvarez al analizar su interpretación del caso Schreber, quien confió en los efectos terapéuticos del delirio, «cuando la locura dejaba de ser una afrenta y se convertía en una misión»;  y lo hizo pensando a contracorriente de lo que se sostenía en su tiempo: «el mal pronóstico derivado de la expansión del delirio y la incurabilidad de la paranoia». Y es que, como dice Carl E. Schorske en Viena fin-de-Siècle, Freud «comenzó separando los fenómenos psíquicos de los amarres anatómicos a los que la ciencia de su época los había atado».

 Veinte años después de lo escrito en el prólogo del libro El caso Wagner, de Robert Gaupp, y de las vueltas de tuerca que le dio en Estudios sobre la psicosis y otros textos, Álvarez vuelve con nuevos argumentos para mostrarnos «la mixtura melancólico-paranoica del caso». Hasta ahora, nuestro autor había destacado la importancia de que Gaupp defendiera la paranoia de Wagner, porque la existencia clínica de «formas delirantes que sobrevienen a consecuencia de avatares vitales, que pueden comprenderse, tratarse y algunas hasta curarse», cuestiona la transformación de la locura tradicional en enfermedades mentales. Del análisis de  los escritos donde Wagner plasmó sus experiencias, Álvarez evidencia que éstas «oscilan entre las autoacusaciones (melancolía ) y las autorreferencias (paranoia)». Esta locura sin elaboración delirante es la que hace de Wagner una persona aparentemente normal, antes y después de su paso al acto criminal. Necesitó años para construirse el delirio de que el escritor Franz Wefel le plagiaba. Que éste fuera judío y que en esos años se apostara por la pureza de la raza exterminando al diferente,  sin duda ayudó a que Wagner se hiciera con un delirio paranoico a la medida de su impureza melancólica, que Álvarez sitúa en la impureza de sus pulsiones y la impureza del dialecto suabo familiar respecto del alemán, claro. Luchar contra la judaización de la literatura alemana y a favor de la pureza de la lengua alemana le supuso una misión redentora y una mejoría. Para nuestro autor, el caso Wagner nos enseña además: «que toda locura discurre sobre las negras aguas de la melancolía. Y de este fondo turbio e inerte, el sujeto trata de emerger braceando hacia la esquizofrenia o hacia la paranoia».

Con respecto a Aimée, la elegida, también por Lacan para elaborar su tesis doctoral sobre la paranoia de autocastigo, Álvarez va más allá, lo vuelve a analizar y lo interpreta siguiendo el esquema anterior, es decir: la parte ruidosa de la locura corresponde al contrabalanceo de la persecución: «quieren matar a mi hijo» a la megalomanía: «una misión que suaviza la verdad insoportable propia del axioma delirante».

De la otra parte de la locura no ruidosa por silenciosa, discreta, no desencadenada, ordinaria, o como le gusta decir a nuestro autor: locura normalizada, nos hablará en el capítulo VIII para recordarnos que sigue siendo un proyecto de investigación, y que por lo tanto, en ausencia de una semiología clínica que permita un diagnóstico diferencial, hemos de ser cautos a la hora de decantarnos por la locura, justamente cuanto más se acerca a la normalidad. Mejor reconocer los límites de nuestro saber que forzar diagnósticos y fronteras.

Fronteras de la locura

 Se/nos pregunta nuestro autor si la neurosis y la psicosis son tan antagonistas como nuestra percepción binaria de la realidad. Parece ser que el saber sobre el pathos se ha edificado sobre «pares antitéticos propios del pensamiento binario. (…) De los antiguos binarios como locura general-locura parcial, manía-melancolía, agudo-crónico, hemos pasado a neurosis-psicosis, neurosis de transferencia-neurosis narcisistas, histeria-obsesión, paranoia-esquizofrenia, etc. (…) La inercia de esta modalidad de elaboración ha contribuido a concebir como pares opuestos ciertas realidades clínicas que, aun siendo diferentes no son antagónicas».¿Acaso todo lo que no es blanco es negro? La cuestión es que seguimos sometidos al pensamiento binario: cordura-locura, cuando solo admitimos un sí o un no a la pregunta de si alguien está loco, aun y cuando, según el experimento de Rosenhan, no sabemos distinguir a los cuerdos de los locos, como lo demuestra que los diagnósticos sean estadísticos y no clínicos, y a resultas de que el binomio  cordura versus locura dio paso a cordura versus enfermedades mentales, al negar la existencia de las locuras parciales. En paralelo, Freud construyó con términos ya existentes, aunque redefiniéndolos,  el binomio neurosis-psicosis. «En el ámbito de la neurosis –dice Álvarez– se ha consolidado hasta el presente, sobre todo en el mundo psicoanalítico, el antagonismo entre la histeria y la obsesión; y en el de la psicosis, la disparidad se establece entre las locuras de la razón (paranoia-esquizofrenia) y las del humor (melancolía-manía)». Para nuestro autor la diferenciación entre neurosisy psicosis «debe mantenerse y perfeccionarse, puesto que este binomio es preferible a la inclusión de un tercer elemento y preferible también al corrimiento arbitrario de la frontera, movimiento al que se recurre cuando el oxímoron de la locura normal amenaza con echar por tierra el edificio. (…) Sin embargo, aún siendo partidario de mantener la frontera artificial que separa la cordura de la locura, o la neurosis de la psicosis, no lo soy de establecer dentro de ellas barreras infranqueables». Sin duda, la concepción unitaria de la psicosis y la neurosis permite escuchar los pasos de quien se mueve en busca de su equilibrio y no tomar por opuesto lo meramente disímil.

 Como se lee, queda mucho por saber. Mejor seguir hablando, escribiendo y debatiendo sobre la locura, es decir: sobre nuestra compleja, plural y mestiza condición humana.

Carlos Rey

Freud / Schnitzler

La conocida carta de 14 de mayo de 1922 de Freud a Schnitzler (extraordinario documento sobre la relación del psicoanálisis con la literatura):

“Le voy a confesar alqo que, por consideración hacia mí, le ruego no comparta con nadie más, ya sea amigo o extraño. Me atormenta un interrogante: ¿por qué durante todos estos años nunca he intentado ponerme en contacto con usted y mantener una conversación? […] La respuesta a este interrogante implica una confesión que es, a mi parecer, demasiado íntima. Creo que he evitado su persona por una especie de temor o recelo a encontrar en usted a mi doble. No porque me sienta inclinado fácilmente a identificarme con otro o porque haya querido pasar por alto la diferencia de talento que me separa de usted; pero al sumergirme en sus espléndidas creaciones siempre me pareció encontrar, tras la apariencia poética, hipótesis, intereses y resultados que coincidían justamente con los míos. Su determinismo y su escepticismo —que la gente llama ‘pesimismo’—, su obsesión por las verdades del inconsciente, por los instintos humanos, su disección de nuestras certidumbres culturales convencionales, el examen minucioso del amar y del morir, todo ello despertaba en mí un inquietante sentimiento de familiaridad (en un pequeño ensayo escrito en 1920, Más allá del principio del placer, intenté demostrar que el Eros y el anhelo de morir son las fuerzas básicas cuya interacción domina todos los enigmas de la existencia). Tuve así la impresión de que usted conocía intuitivamente —o, más bien, como consecuencia de una sutil autopercepción— todo lo que yo descubrí en el transcurso de un laborioso trabajo con los demás. Creo, sí, que en el fondo es usted un auténtico investigador de las profundidades psicológicas, más sinceramente imparcial e intrépido que nadie hasta ahora”.

Soy un psicoterapeuta pseudocientífico. Article d’Antonio Soler

Soy un psicoterapeuta pseudocientífico. Article d’Antonio Soler

(per llegir l’article complet clicar a l’enllaç)

“He presentado mi manera de acercarme a la subjetividad para entenderla y de esta manera atender su sufrimiento. Que discurra como un diálogo interpersonal no quiere decir que sea una conversación cualquiera como la que se tendría con un amigo; que no esté cuantificada no reduce su rigurosidad ni que no registre repeticiones de las causas y en los efectos. La dirección de un proceso terapéutico no es un acto aleatorio ni de buena voluntad, está sostenida por el rigor de una teoría coherente, contrastada y rectificada cuando nuevas experiencias son analizadas e incorporadas a la teoría y a la práctica. Que no use los métodos de las ciencia biológicas lo que indica no es falta de cientificidad sino que su objeto es otro: el sujeto psíquico en toda su complejidad, en el que se articulan lo biológico, lo psíquico y lo social. Por supuesto que todo lo que el ser humano hace, piensa o siente se sostiene por su cerebro y su sistema neurológico. No habría subjetividad sin neuronas, pero existen otras diversas maneras de acercarse a la subjetividad. Yo prefiero acercarme desde la humanidad de lo humano”.

El psicoanálisis más allá del Novecientos. Giovanni Sias

El proyecto de revista digital europea y el ensayo que considero necesario hacerles llegar por medio de nuestra red, no salieron de nada. Me parece en efecto indispensable poner a los psicoanalistas de Barcelona y de España al tanto de lo que sucede en Italia, donde psicoanalistas laicos son denunciados por otros colegas de la Orden de los psicólogos, acabando siendo severamente multados e incluso encarcelados.

Extraigo el texto siguiente para los que no tengan el tiempo o la curiosidad de proseguir:

“Necesitamos estudiar nuestra historia reciente, al menos la del Novecientos, si queremos tener más inteligencia sobre el presente.

En el caso de España, donde la psicoterapia puede practicarse sólo con el título, reconocido por el Estado, de psicólogo clínico, durante muchos años ha sido a nivel social -y no jurídicamente- que el psicoanalista ha estado «fuera de juego», porque se lo ha considerado un charlatán y el psicoanálisis una práctica no científica, un engaño al que nadie quiere recurrir.

Pero es el caso italiano el que hoy puede proporcionar los mayores elementos de reflexión, donde la ley sobre psicoterapias no es, en definitiva, mala porque el psicoanálisis, al no ser contemplado, fue excluido – y en el nivel legislativo sigue siendo así, porque la ley nunca ha cambiado –, y el psicoanalista no puede ser procesado. En los últimos diez años el poder judicial ha impuesto el enjuiciamiento penal del psicoanalista, luego de que la Orden de Psicólogos impusiera, incluso a nivel judicial y gracias a la complicidad de las grandes asociaciones lacanianas, la equivalencia entre psicoterapia y psicoanálisis con la consideración de que este último es una cura y, por lo tanto, un acto médico.”

Una situación tal induce a la reflexión e incluso a una radicalización benéfica para todos los psicoanalistas encerrados en sus asociaciones y dormidos en el sueño dogmático de su posición de epígonos satisfechos.

Algunos colegas italianos, que no han cedido a la presión de la ley y de los institutos de psicoterapia creados por las grandes asociaciones lacanianas para contornearla, pero no han logrado oponerse al ocaso del psicoanálisis en ese país, van a intentar crear en Bruselas un “Colectivo de los psicoanalistas laicos en Europa” que intentará ofrecer, a dichos psicoanalistas perseguidos, un amparo que no sea solamente jurídico, sino efectivo por su ubicación heterotópica (para retomar aquí el concepto de Foucault) en el trabajo teórico que se verá capaz de producir para fundamentar su posición y legitimar su existencia, si se quiere propiciar un porvenir al psicoanálisis que no sea ilusorio.

Jacques Nassif

Para leer el texto de Giovanni Sias, pulsar sobre el título:

El psicoanálisis más allá del Novecientos. Giovanni Sias

Lo que los focos no iluminan, comentario de Carlos Rey

LO QUE LOS FOCOS NO ILUMINAN

Se cumplen cuarenta años de la celebración en Barcelona del II Congreso Mundial de Psiquiatría Biológica, donde su presidente, el Dr. Obiols, marcó la política a seguir: «La Psiquiatría Biológica no aspira a ser una parte de la Psiquiatría, sino toda la Psiquiatría». No es poco lo que ha conseguido durante todos estos años:  copar la Academia y Clínica oficiales; sin embargo, sus méritos no son otros que haberlo conseguido por devenir en una disciplina de poder. En paralelo, son muchas más las psiquiatrías y psicologías que se están desmarcando del reduccionismo biológico como pensamiento único.

Como prueba de que hay conocimiento más allá de los discursos oficiales, se presenta la publicación por Xoroi Edicions de un nuevo libro de su colección La Otra psiquiatríadirigida por J.Mª Álvarez y F.Colina– y que lleva por título Cosas que tu psiquiatra nunca te dijo. En este trabajo, escrito al alimón  por Javier Carreño y Kepa Matilla, no hay puntada sin hilo en beneficio del rigor de las ideas a las que van llegando, tras el estudio de la historia y clínica de las sintomatologías psíquicas. Son ideas li(e)bres). Ideas libres que corren como liebres. Ideas liebres porque corren libres de grasa ideológica y conflictos de intereses extra clínicos. Ideas libres porque son como liebres: pura fibra para huir veloces de las servidumbres del cientificismo, pues son ideas que van más allá de las guías clínicas oficiales y protocolos de obligado cumplimiento que amordazan el criterio propio de la experiencia clínica. Los autores quieren «mostrar lo que tu psiquiatra no te dice, pero sí publica en las revistas científicas más prestigiosas. Por tanto, solo intentamos acercar a un público más general las conclusiones de dichos trabajos que, precisamente, ponen en cuestión las supuestas certezas y evidencias del campo de la psicopatología».

  1. J. Carreño y K. Matilla sostienen que «la locura y la neurosis son defensas ante la angustia, formas de estar en el mundo, en el lenguaje y la cultura». Posiciones subjetivas, más o menos estables a lo largo de la historia, que manifiestan el malestar inherente a la condición humana. Malestar que ha sido relatado, estudiado e interpretado por tirios y troyanos. Montaigne, por ejemplo: «Entre otras pruebas de nuestra flaqueza, no olvidemos ésta: el ser humano no es capaz, ni siquiera con el deseo, de encontrar lo que necesita; no ya con la posesión sino ni siquiera con la imaginación, podemos ponernos de acuerdo en qué precisamos para darnos por satisfechos». En el capítulo II nos refieren la inconsistencia de los diagnósticos de nuevo cuño –«etiquetas top», escriben los autores– en los que han sido agrupados –con más ideología que teoría– las manifestaciones sintomáticas del malestar. En los capítulos III y IV se cuestiona la aplicación de la medicina basada en la evidencia al estudio y tratamiento del padecer subjetivo, cuyo resultado es la ciencia ficción que pretende dar carta de naturaleza a las 500 enfermedades mentales que figuran en el nuevo DSM. En el capítulo V, los autores nos refieren otros posibles diagnósticos más acordes con la fragilidad del ser humano. Y en el capítulo VI se dedican a la elucidación de los tratamientos: los ansiolíticos, los neurolépticos, los antidepresivos, la Terapia Electroconvulsiva y, finalmente, nos hablan sobre la eficacia de las psicoterapias, centrándose en el psicoanálisis por ser la referencia teórica y clínica de los autores.

Rebobinando. De los síntomas históricos que expresan la aflicción consustancial de la vida, nuestros autores destacan la locura, la tristeza y la angustia, y nos  refieren cómo su psiquiatrización los ha elevado a la categoría de enfermedades mentales que requieren ser medicalizadas. Dicho y hecho. El remedio, los antidepresivos, por ejemplo, han conseguido llamar depresión a la tristeza, incluso cuando no se supera y ya es melancolía. Otro tanto ha pasado con la angustia que se ha diluido en la ansiedad porque el remedio se llama ansiolítico. Sin embargo, como señalan los autores, la angustia ha sido siempre la protagonista de toda la psicopatología. Se expresa en el cuerpo, en la obsesión, en las fobias, en la anorexia, la bulimia y los suicidios. Cito a los autores: «Es frecuente y conocido desde la antigüedad que enfermedades de la piel como la psoriasis, los eccemas, las dermatitis suelen estar desencadenadas y mantenidas por la angustia. (…) También la piel de dentro, el ectodermo de las mucosas del aparato digestivo o incluso el epitelio de las vías espiratorias son nichos para la angustia. Famosas son las gastritis, las colitis, el asma o el reciente síndrome de colon irritable que florecen con la angustia. Lista a la que podemos añadir las cefaleas, los dolores genitales, los dolores generalizados y las contracturas musculares e incluso la fibromialgia, un dolor absoluto, errante, fluctuante, irregular… ».

Las «etiquetas top», a las que se refieren nuestros autores, son los nuevos nombres de enfermedades mentales o sambenitos que, lejos de estar en la naturaleza del ser humano han salido de la chistera de la ideología biomédica: esquizofrenia, trastorno  bipolar, TDAH y la patología dual. Dicen nuestros autores: «La llamada esquizofrenia con la que nos formamos, la de los pacientes crónicos que atendemos desde el principio de nuestra práctica, no es en realidad el verdadero rostro de la locura, sino el rostro de una locura maquillada de neurolepsis. Una locura barnizada con el colorete de lo colinérgico, los labios de la acatasia y el rímel del aturdimiento. Una locura de un déficit provocado por los cosméticos. Una enfermedad no hereditaria sino adquirida… ».

¿Dónde está la evidencia científica en hacer de cada síntoma o síndrome una enfermedad mental con marcadores biológicos no demostrados? Para argumentar las posibles respuestas, Carreño y Matilla nos dicen que han recurrido a los estudios publicados en las revistas más prestigiosas de las psiquiatrías. «Nuestra sorpresa ha sido mayúscula cuando hemos comprobado que gran parte de las opiniones imperantes en las psiquiatrías, que tanta evidencia habrían encontrado, también atesoran otros tantos estudios que demuestran que dichas opiniones no son más que falacias. Estas son las cosas que tu psiquiatra nunca te dijo, aquellos estudios que ponen en cuestión la ideología vigente». Analizando las escalas, los ensayos clínicos, la supuesta fiabilidad de los diferentes DSM, así como la trastienda de los consensos entre sus redactores, nuestros autores llegan a la conclusión de que «no podemos decir que los DSM estén sustentados en la evidencia científica (…) En psiquiatría no hay pruebas de laboratorio mediante las que decidir si alguien padece o no un trastorno. Todos los estudios sobre marcadores biológicos han resultado ser una pérdida de recursos y de tiempo.(…) Esto hace que los diagnósticos dependan de juicios subjetivos fácilmente influenciables por diversos grupos de presión».

Respecto de la elucidación de los tratamientos, los autores nos recuerdan que no curan porque no restablecen equilibrio químico alguno, ya que no existen desequilibrios en las causas sino en las consecuencias de paliar los síntomas con dosis de phármakon que no tienen en cuenta la lábil frontera entre remedio y venero. A esta iatrogenia inicial hay que sumarle la que se deriva de los tratamientos de por vida. Tratamientos que, no simplemente cronifican el malestar sino que ignoran el abc de toda droga: su principio psicoactivo es puntual y a partir de allí cada vez hay que tomar más para sentir cada vez menos. En el decir de los autores: «Los antipsicóticos, incluso los modernos, provocan la misma anormalidad en el cerebro que la droga conocida como polvo de ángel».

Del estudio de los trabajos publicados sobre los neurolépticos, Carreño y Matilla nos refieren que existen muchos mitos en el tratamiento de la locura: el mito de la base biológica de la locura, el mito del desequilibrio químico, el mito de la evolución deficitaria, el mito de que los antipsicóticos facilitaron el vaciado de los manicomios cuando es a la inversa, el mito de la eficacia de los antipsicóticos, el mito de la medicación a largo plazo. Después de la lectura de lo que sus autores llaman «la verdad de los efectos secundarios», se evidencia que hay un mayor conocimiento de las nefastas consecuencias de los remedios que de sus causas, pues los efectos biológicos negativos de los psicofármacos son un hecho comprobado y comprobable, es decir, un hecho científico; mientras que la causalidad biológica de la psicopatología sigue sin serlo. A lo sumo es una expectativa de la medicina basada en mitos con la que se pretende vender la piel del oso antes de cazarlo.

«Como resume Bentall, –escriben los autores– si los antipsicóticos producen gravísimos efectos secundarios, si a muchos pacientes con un primer episodio les va bien sin medicación, si otros tantos no responden a ella a pesar de que se aumente y si los pacientes que la toman durante años se han vuelto mas sensibles al estrés, ¿por qué los servicios psiquiátricos modernos siguen teniendo tanta fe en los antipsicóticos? (…) Los clínicos deberían valorar la utilidad del efecto sedativo de los neurolépticos en determinadas circunstancias, limitar su uso en el tiempo y, sin duda, explorar el camino de la psicoterapia y la cura por la palabra».

Sobre los antidepresivos, y al hilo de las investigaciones analizadas, nuestros autores llegan a la evidencia de que hay dos hechos incontestables: no hay pruebas científicas de que el síndrome depresivo se deba a ningún estado deficitario y, por lo tanto su medicalización no restablece el equilibrio químico sino que lo altera, «abriendo la posibilidad de un enorme efecto rebote tras la retirada del fármaco», y no como recaída del paciente por desadherirse del remedio que no es tal, pues su efectividad es equivalente al placebo e inferior a la psicoterapia. «Pero ademas, –cito a los autores– al ser drogas activas, tienen una serie de efectos secundarios un tanto desagradables como la tensión, la extrañeza, la agitación y la inquietud que pueden llevar a un sujeto a cometer actos violentos  como el suicidio o el homicidio». En paralelo, la medicalización sine die del síndrome depresivo, está generando un nuevo problema de salud pública al hacerse refractario al tratamiento, más cíclico y, por lo tanto, crónico.

Puestos a ficcionar un manual que refleje la realidad de los nuevos problemas psiquiátricos, los autores consideran que bien podría escribirse un «Manual xenodiagnóstico de trastornos en homo sapiens», con un importante subgrupo: «Trastornos debidos al consumo de psicofármacos en humanos». Un trastorno grave seria «la neuroleptofrenia. Es decir, un cuadro abigarrado de psicosis crónica, distonías, discinesias, aumento de peso, bradipsiquia y apatía fruto del mantenimiento sine die de tratamientos neurolépticos y el trato institucionalizado». En segundo lugar figuraría el «trastorno mundo benzo», basado en «problemas de memoria, abulia, torpeza y sedación… ». Además de las benzodiacepinas también entrarían en este trastorno «los antidepresivos más sedantes participando en el cortejo sintomático con una suerte de anorgasmia, disfunción de la libido y anestesia afectiva». Un subgrupo podría denominarse «benzo en abuelas. Una pléyade de caídas, deterioro cognitivo, torpezas, fracturas de cadena, agitaciones y alucinaciones se han cebado con los mayores siendo en ocasiones peor el remedio que la enfermedad. (…) En tercer lugar, la extraña proliferación de desórdenes afectivos unidos a tratamientos. Se podría llamar el trastorno tripolar, ya que por encima de la clásica división manía-depresión ha sobrevenido sobre la especie humana cuadros de cicladores rápidos, reacciones maníacas, cuadros mixtos e intentos de suicidio extempóreos quizás cebados por antidepresivos, litio y sus combinaciones a veces enloquecidas». Como dijo Abel Novoa desde la plataforma NoGracias: «La biomedicina se ha convertido en un enorme fracaso social y en un problema de salud pública».

De perdidos al rio podría ser el subtítulo del capítulo que los autores dedican a estudiar las posiciones a favor y en contra de la Terapia Electroconvulsiva. Resulta paradigmático que oficialmente se diga que la química es efectiva pero que si no lo es se pruebe con la seguridad y efectividad de la física. Máxime cuando «muchos de los promotores de la TEC tienen vínculos económicos con empresas que fabrican estas máquinas». Después de la investigación realizada, nuestros autores concluyen diciendo: «Nos cuesta trabajo comprender cómo en la actualidad, en la mayoría de los hospitales, al menos en nuestro país, se sigue aplicando con gran entusiasmo. Está claro que siempre se aduce un criterio pragmático basado en la experiencia práctica de quienes la utilizan: “cuando nada funciona con determinadas personas, la TEC produce efectos extraordinarios”. Sin duda, hemos mostrado cómo la pérdida de memoria y la deshumanización gracias al daño cerebral que provoca, parece ser la responsable de que uno se olvide incluso hasta del dolor que le produce la existencia. Por eso, resulta sorprendente que con estos datos encima de la mesa se siga pensando que puede ser mínimamente beneficiosa».

A la hora de medir la eficacia de las psicoterapias, y en especial la del psicoanálisis, hay que tener en cuenta dos preliminares. Uno: la metodología científica aplicable a un fármaco no tiene tan fácil traslación a las terapias de la palabra. La subjetividad es de cada cual y no tiene cabida en las escalas, los ensayos y las mediciones. Dos, y en el caso concreto del psicoanálisis, ¿cómo compararlo con los tratamientos biomédico-congnitivos-conductuales, si no parte ni comparte con ellos que la eficacia clínica se acote a la eliminación sistemática de los síntomas? Sin embargo, nuestros autores aportan los estudios que demuestran la eficacia del psicoanálisis en el tratamiento de todo tipo de síntomas psíquicos, incluida la psicosis. Al tiempo que desmontan las críticas de que es un tratamiento caro y largo: «El NIMH, por ejemplo, comprobó que si bien la medicación y dos tipos de terapia breve resultaban beneficiosos, con el paso del tiempo ese beneficio iba decreciendo», mientras que el psicoanálisis es eficaz a largo plazo. «Cuando se ha comparado la psicoterapia psicoanalítica a largo plazo con el psicoanálisis, se ha descubierto que la primera producía mejores resultados tras tres años mientras que el segundo mostraba ser superior después de cinco años de seguimiento. (…) El trabajo que se realiza sesión tras sesión suma para que en un futuro las cosas que le puedan ocurrir al sujeto las viva de otra manera». El trabajo requiere tiempo, pero no porque el tiempo lo cure todo, sino porque toda cura necesita tiempo. Y en nuestro quehacer psi ese tiempo, por excelencia, es el tiempo de elaboración.

En sus palabras finales, Carreño y Matilla nos dicen que esperan que su libro quede «como un informe en minoría que junto a otros trabajos pueda ir configurando una opinión mayoritaria para la construcción de una disciplina más humana y sensata». Teniendo en cuenta la muy extensa  bibliografía de la que han tomado los hilos argumentales para construir, puntada a puntada, un discurso propio, bien puede decirse que ni están solos ni en minoría, ya que, por nombrar a los más críticos con lo que los focos no iluminan, les acompañan D. Healy, J. Read, L.R. Mosher, R.P. Bentall, J. Moncrieff, S. Timimi, G. Berrios, R. Whitaker, P.C. Gotzshe, J. Friedberg,  P.R. Breggin, H. Sackeim, R. Warner, I. Kirdch, etc., así como a los que reconocen como sus maestros: Chus Gómez, J.M. Álvarez y F. Colina. Y como dicen éstos dos últimos en el prólogo de este libro, «son cada vez más los estudios que denuncian la falacia del discurso cientificista en el terreno psi. Todos sus principales apoyos son cuestionados y se cimbrean más de lo previsto: unos denuncian el artificio de las clasificaciones internacionales, otros la turbiedad de las investigaciones neurobiológicas y la mayoría ponen en entredicho la prometida eficacia de los tratamientos psicofarmacológicos y cognitivos».

Alberto Manguel, en su ensayo La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias,  nos anima «a seguir el consejo de Kafka de aspirar sin poseer, de construir sin trepar a la cima: es decir, de saber sin exigir la posesión exclusiva del conocimiento. Quizá seamos todavía capaces de tales cosas».

Carlos Rey

Psicólogo Clínico y psicoanalista

carlosry@copc.cat

Mireia Iniesta: EL DESIG COM A LLEGAT

CICLE FANTASMAGORIES DEL DESIG. FILMOTECA DE CATALUNYA

EL DESIG COM A LLEGAT

Què els pits siguin eterns, Kinuyo Tanaka, 1955.

Mireia Iniesta*

Després d’una llarga carrera com a actriu en la qual va treballar amb directors tan importants com Ozu, Mizoguchi i Naruse, entre d’altres, rodant al voltant de dues-centes pel·lícules, Kinuyo Tanaka va començar una carrera com a directora, convertint-se en la segona dona en dirigir en la història del cinema japonès (la primera va ser la Sakane Tazuko), Pechos eternos (1955) és un biopic basat en la vida de la poetessa de versos Tanka, Fumiko Nakajo.

El film narra la vida de la Fumiko, una mestressa de casa, mare de dos fills i casada amb un maltractador psicològic. En el seu temps lliure, la Fumiko escriu versos Tanka al voltant de la seva desgraciada vida matrimonial, que després comparteix amb un grup de poetes i poetesses. Un espai que visita amb l’única intenció de veure en Hori, un altre poeta aficionat, del qual la Fumiko està enamorada, i el marit de la seva millor amiga. Després de confessar-li el seu amor, en Hori mor i la Fumiko descobreix que està malalta de càncer. A partir d’aquest moment, a mesura que la salut de la Fumiko empitjora, la seva carrera com escriptora millora de forma meteòrica.

En el seu assaig Lejos de mí el filòsof Clément Rosset fa un estudi al voltant de la identitat i distingeix entre la identitat personal i la identitat social. Tanmateix, tot i reconèixer l’existència d’aquestes dues identitats aferma:

Siempre he considerado la identidad social como la única identidad real, y la otra, la presunta identidad personal, como una ilusión total y perseverante, ya que todos consideramos la personal como la única real.

I es refereix a l’amor com l’única oportunitat per arribar a aquesta suposada identitat real:

El amor pleno, es decir correspondido, es una reconstrucción de la identidad perdida, o sea, una ocasión, la primera, y a veces también la última, de conocer por fin la sensación de la identidad personal (…). El amor pleno se trata de una circunstancia en la que, de repente, el individuo se ve (o se cree) dotado, más allá de la identidad social que conocía, de una identidad personal que aún no conocía. Encontramos un yo en el otro, en detrimento del otro.

La pel·lícula que estem analitzant posa de manifest l’existència d’aquestes dues identitats. Es podria dir que a la primera part de la pel·lícula la identitat que veiem de la Fumiko és la identitat social. La protagonista no ho sembla pas, té molt poca rellevància, apareix en molts plans grupals i subordinada a la resta de personatges, sempre en l’entorn rural o domèstic i sempre servint o bé als fills o bé al marit. Molt sovint en segon terme o d’esquenes i gairebé mai sola. Aquesta primera part ens fa veure la Fumiko entre els altres. Això comença a canviar quan decideix fugir del casament del seu germà i anar a visitar el Hori. La seva dona va a una reunió de professors i la Fumiko té una secuencia on comparteix una estona mirant fotos antigues amb el Hori. Per primer cop veiem un pla contraplà de la Fumiko amb un altre personatge i diversos primers plans de la dona. És a dir, la seva identitat personal emergeix a través del seu amor pel Hori. En tornar a casa, l’home l’acompanya a la parada de l’autobús, allà el personatge de la Fumiko torna a brillar. Durant el seu passeig en un generós travelling lateral, veiem com la protagonista confesa el seu amor al Hori. Aquest travelling és la representació de la unió entre l’eros i el thanatos que pren forma amb la mort d’en Hori, just després de la confessió amorosa de la Fumiko.

Abans de rebre la notícia de la mort del seu amant, arribem per tall al pla d’un passadís fosc, el de la casa del germà de la Fumiko. A partir d’aquest moment, els passadissos apareixeran de forma constant en la pel·lícula, com una mena d’impuls de repetició que condueix a la pulsió de mort. De fet quan ella descobreix el tumor que té es desploma en aquest mateix passadís, i aquest moment es pot llegir com un altre vincle entre ella i el Hori. Tant els familiars de la Fumiko com els periodistes que van a visitar-la hauran de recórrer el passadís que porta a la seva habitació. El cercle es tancarà quan el cadàver de la Fumiko, seguit pels seus fills, faci el mateix recorregut pel passadís del dipòsit de cadàvers.

Durant la malatia de la Fumiko, els seus desitjos, especialment els sexuals, passen a ser els veritables protagonistes de la seva vida, la seva identitat personal es radicalitza. El seu canvi és radical i ella comença a ser el centre de la narració, i la resta de personatges giren al seu voltant. La planificació es torna més complexa que a la primera part de la pel·lícula. Apareixen molts travellings que contribueixen al fet que fer el film més envoltant, i molts primers plans de la Fumiko reflectint la seva subjectivitat.

En aquesta segona part, ella es torna molt més seductora i sensual. Per començar, decideix complir el seu últim desig: banyar-se on es banyava el Hori. És una escena anàloga a una altra en la que apareix el Hori banyant-se, el mateix dia de la visita de la Fumiko, aquesta es banya en la mateixa banyera, i la viuda del Hori li escalfa l’aigua tal com va fer pel seu marit. En un moment donat, la dona obre el finestró i veu el cos de la Fumiko sense pits, aquesta visió la fa cridar de por. Tot i l’ensurt de l’amiga, la Fumiko gira sobre si mateixa orgullosa del seu cos, dient que el seu últim desig era banyar-se on ho feia el Hori perquè estava enamorada d’ell, en una recerca sexual i immaterial del cos de l’amat. Rosset ens recorda que Lacan afirma que: el yo extrae toda su esencia del tú que se le otorga. Amb aquest gest, podem afirmar que la Fumiko recupera la seva autoestima corporal, perduda per l’extirpació dels pits, gràcies a aquesta unió “sexual” amb el Hori a la banyera. A més, quan la seva amiga obre el finestró la càmera reenquadra a la Fumiko, en un primer pla que no fa més que reafirmar la seva identitat personal.

Quan la Fumiko descobreix el seu tumor al pit fent-se una exploració davant un mirall rodó, també estem assistint a la vinculació entre el cos i la identitat. Després d’aquesta imatge dels pits malalts de la Fumiko al petit mirall circular, entrem en el quiròfan i observem tot un seguit de plans-detall d’objectes rodons (les llums del quiròfan, la seva cara en primer pla), fins a culminar en un primer pla dels pits de la Fumiko. Acabem d’entrar dins el món de la malaltia, associada al cos i a la identitat.

Al casament del germà de la Fumiko, la seva mare li demana que es canviï el kimono, ella diu que no vol, que no li agrada ser observada, no obstant això, quan el periodista Otsuki li fa la primera visita, observem tot un ritual de bellesa abans de rebre’l en una sèrie de picats i contra picats del seu cos on es veu com fa servir uns pits postissos, per finalment rebre l’Otsuki elegantment vestida i en un primer pla amb el cabell curt, fent tota una declaració d’intencions.

Quan es fica al llit per fer l’amor amb ell, arribem per tall a un pla detall dels sostenidors abandonats a un racó sense els pits postissos. Tota una metàfora de la recuperació de la identitat personal a través de la sexualitat i el desig. L’endemà el sol entra per la finestra i veiem com la Fumiko es reflecteix per primer cop en el seu petit mirall circular en el qual hem vist reflectides al llarg de la pel·lícula les cares d’altres persones. Després d’emmirallar-se, la dona mou el mirall cap al seu amant, l’Otsuki també es veu reflectit, amb aquesta doble identificació el cercle queda tancat i la Fumiko abraça la seva identitat personal, no a través de l’home, sinò del propi desig.

 

* Mireia Iniesta és llicenciada en Filologia Romànica i Filologia Italiana per la Universitat de Barcelona. Màster en Cinema i Audiovisual Contemporani per la UPF. Vicedelegada de Camira a Espanya. Representant del cine club Trentanou Escalons. Membre de CIMA. Professora de cinema i gènere en Educa tu Mirada. Actriu en L'Acadèmia de les Muses, de José Luis Guerin i en el curt Aniversari, de Judith Collel.

Évole, la depresión, o un paso en falso

Hace un tiempo ya que este periodista intrépido, Jordi Évole, nos abre las puertas cerradas de un universo que se resistía a la divulgación y al deseo de saber. Por eso lo hemos seguido, casi incondicionalmente. Esta vez no. ¡Toca decir basta! No todo es posible.

El tratamiento superficial  que hizo en su último programa Salvados, de gran audiencia, es como mínimo deprimente y puede tener efectos colaterales muy graves. Me refiero al programa del domingo 28 de Enero, emitido en la Sexta sobre la depresión (y que se puede ver aquí):

Estoy en desacuerdo con su tratamiento y sospecho que muchos colegas psicólogos clínicos y psicoanalistas coinciden conmigo. Las razones de mi indignación son varias:

-La falta de información adecuada y asesoramiento a la hora de tocar un terreno tan complejo y delicado como la intimidad y el sufrimiento personal.

-Nuestra ética no nos permite exhibirlo todo, aunque el exhibicionismo desvergonzado campe a sus anchas.

-Tratar la depresión como una “enfermedad”, y amenazar con una presente y futura epidemia, hablar del suicidio como estadística, todo ello basado en estadísticas pseudocientíficas que lo justifican todo, supone una banalización muy grave de la problemática,  que  puede contribuir al contagio y multiplicar los afectados.

–La cura de la depresión no puede ser fundamentalmente la hipermedicalización y la adicción organizada a varios fármacos, que se multiplican con la dependencia, y que van desde el Prozac hasta las nuevas generaciones de antidepresivos. Si a eso le añadimos el electroshock y la lobotomía, ¡apaga y vámonos! Todo ello obedece a una concepción superficial y banalizadora del sujeto humano, entendido como un todo homogéneo, sin faltas ni diferencias, y todos a tragar la misma pastilla y a engrosar los casilleros diagnósticos.

-La psicoterapia se enuncia muy de pasada y se dice que no puede responder a la problemática debido a la escasez de psicólogos. ¡Consulten por favor las cifras de psicólogos en el paro para corregir su información!

Lo siento, señor Évole, mas de cuarenta años de práctica clínica me han enseñado cosas muy distintas a las que propone usted en su programa. El psicoanalista confrontado con el dolor de existir orienta la cura con su ética, que es la que abre para cada sujeto un acceso particular a su diferencia y a su deseo.

Para algunas terapias el sujeto no existe. Existe el mandato del “traga y calla”. No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo, que deviene un saco que se llena, o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente.

Los psicoanalistas no pensamos en términos de “epidemia”, por el contrario, tratamos a cada sujeto uno por uno para darle un lugar propio y devolverle la palabra.

La depresión ha existido siempre. De hecho, en mayor o menor medida la depresión existe en todos los pacientes que vemos; es el síntoma mas frecuente.

¿Cuál es su rasgo diferencial actual y cómo actualizarla?

Podemos decir que las depresiones dan cuenta de esta cara oscura de nuestra intimidad contemporánea, cuya otra cara es el ideal del éxito y de la obligada felicidad-para-todos. Es la enfermedad del discurso capitalista, como la llaman algunos, que denuncia sus efectos sobre el sujeto actual.

Recuerdo que eso empezó hace unos treinta años, aproximadamente. Estaba en un servicio público y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que de este modo se convertía en un cajón de sastre. Esto implicaba que estábamos obligados a estar muy alertas con respecto al diagnóstico, para poder discriminar. Tres eran las causas fundamentales que se barajaban en este fenómeno:

1- El boom de los antidepresivos. Para muchos, el antidepresivo, o algún ansiolítico, se han convertido hoy en algo parecido a un complemento vitamínico.

2- Se imponían los manuales de diagnostico (DSM-III, etc.). Todo se aplanaba y se banalizaba.

3- “De-presión”, o la presión que se imponía como modo de vida. Así, nos deprimíamos todos un poco, ante la pesadumbre del mundo que nos ha tocado vivir.

Algunos tiraban la toalla. He visto y veo personas que llegan hoy con la etiqueta de “depresión crónica”, cronificada por muchos años de medicalización. Llegan con el pronóstico “abandonad todo esperanza” y sin embargo, vienen. Una paciente joven me contaba que para ella la depresión era como la diabetes: ella y su fármaco, de por vida. Otra persona mayor me decía hace poco que estaba enterrada viva… Muchos años de silencio y de fármacos solo tienen una salida: la cronificación. Cuando eso es concebido así, cuando una madre o un médico contemplan la cuestión como un “traga y calla”, no duden que allí está la clave de su patología, de su gravedad y cronificación, puesto que atenta contra la esencia misma del ser hablante. Atenta contra la subjetividad.

Hemos llegado a cotas de ignorancia deprimentes que nos anuncian una epidemia masificada de estupidez muy preocupante. Esta sí que no tiene cura y es un insulto a la inteligencia.

Daniela Aparicio, psicóloga clínica, psicoanalista.

 

 

Para una clínica con fundamentos, por Carlos Rey

PARA UNA CLINICA CON FUNDAMENTOS

Dos viñetas memorables de El Roto, vienen como anillo al dedo para presentar y dar cuenta del espíritu de la época en el que José María Álvarez ha escrito su nuevo libro: Estudios de psicología patológica. En una de las viñetas se ve a un grupo de personas caminar en un único sentido, y una de ellas pregunta «Si todos vamos en la misma dirección ¿cómo sabemos que no hay otra?». En la otra viñeta aparecen en fila india personajes con igual fisonomía y comportamiento. Caminan muy juntos, con las manos pegadas a las espaldas del que le antecede y con la cabeza gacha. Uno de estos androides dice: «Antes de empujar todos en la misma dirección, convendría averiguar a dónde vamos». Y el que tiene delante le replica: «¡Tú empuja y calla!»

«Este libro de José María Álvarez es un testimonio de signo contrario. Es un ejemplo público de que la mejor forma de oponerse al reduccionismo biológico es profundizar en el estudio de la psicopatología» Dixit Fernando Colina en el prólogo de estos ocho estudios, y a quien su autor le dedica el libro,  reconociéndolo como su maestro. También los profesionales que ya son el recambio generacional de La Otra psiquiatría, han estado presentes en la confección de esta monografía con vocación ecuménica (en el sentido de querer sumar, que no restar); así como los futuros psicoanalistas, psicólogos clínicos y psiquiatras, a cuya formación les dedica buena parte de su quehacer. Esta  pasión por trasmitir el saber que destila la clínica y los textos de los grandes clínicos que nos han precedido, hacen que también en este libro se palpe su querencia por la claridad que se manifiesta en un estilo sobrio, firme y riguroso por fundamentado.

A diferencia de la patología descriptiva, que supone tantas enfermedades mentales como síntomas y síndromes logra medicalizar, la psicología patológica que nos propone el autor es radicalmente analítica e interpretativa. Y en este orden, cito al autor: «a partir de la observación y del análisis de las manifestaciones clínicas colegimos un tipo de funcionamiento psíquico. Por tanto, el plano fenomenológico –en el sentido kantiano– antecede a la elaboración teórica». Y esto es así porque «nuestro ámbito no es el de los hechos de naturaleza sino el de las invenciones discursivas. De ahí que hablemos de la invención de las enfermedades mentales; de ahí también que situemos a las clasificaciones psiquiátricas en el apartado de la ciencia ficción».

Si la psicopatología psiquiátrica es ateórica, la psicología patológica tiene los sólidos fundamentos de «la clínica clásica (elaborada por los pensadores señeros de la psicopatología) y el psicoanálisis, de manera que sobre los fundamentos precisos de la clínica clásica se erige la explicación y la interpretación psicoanalítica». En definitiva, «esta visión de la psicología patológica pretende establecer una continua dialéctica entre un plano objetivo (semiología clínica) y otro subjetivo (las experiencias o modos particulares de vivir el malestar y la función que cada sujeto atribuye a su síntoma)». Es decir, de lo general a lo singular y viceversa.

Sostiene el autor que, en tanto sometidos al imperio del binario significante, el saber sobre la condición humana y su pathos se vale de oposiciones. «Quiere esto decir que no podemos elaborar un conocimiento si no es mediante la oposición de dos significantes (locura versus cordura, psicosis versus neurosis, melancolía versus manía, continuo versus discontinuo, uno versus múltiple, categoría versus dimensión, parcial versus general, agudo versus crónico, etc.)». Esta oposición tiene sus ventajas en la construcción nosográfica pero también sus limitaciones, ya que,  en la realidad de nuestro quehacer clínico es observable que los contrastes de las manifestaciones  clínicas no siempre son tan antagónicos, contrapuestos e incompatibles como los pensamos. De allí que nuestro autor nos proponga trabajar, tanto con el recurso de las categorías o estructuras clínicas como desde la perspectiva  continuista o elástica.

«Los conceptos de la psicología patológica están bien fundamentados cuando gozan a la vez de amplitud y profundidad. En el caso de las categorías clínicas, son preferibles aquellas que dicen cosas esenciales de un mayor número de sujetos, esto es, las que dan cabida a más personas y muestran de ellas sus características intrínsecas. De seguir esta propuesta, elegiremos una categoría clínica que detalle los signos morbosos y su jerarquía (semiología clínica), que sea precisa desde el punto de vista descriptivo (nosografía), que proponga una articulación entre las manifestaciones clínicas y los mecanismos psíquicos que las conforman (patogenia), que diga algo coherente y fundamentado sobre la causa (etiología), que aporte una explicación cabal sobre esa alteración y delimite las diferencias con otras (nosología), y que procure, por último, una orientación terapéutica lo más específica posible».

Hasta aquí el resumen de algunas de las muchas ideas sobre psicopatología que el lector encontrará a lo largo de estos ocho estudios. Estudios que siguen el método de articular tres tipos de análisis: la historia, la epistemología  y la clínica.

I– El primero de los ocho estudios se refiere a la Neurosis: historia, psicopatología y clínica. Gracias al discurso psicoanalítico la neurosis mantiene su vigencia y es un referente fundamental de la psicología patológica. Máxime cuando «los sustitutos con los que se ha intentado desbancarlo –en especial “trastorno” y “trastorno de la personalidad”– carecen de algún principio organizador que les dé coherencia». La neurosis es una sólida categoría clínica en la medida «que dice algo consustancial de la condición humana y se aplica a un amplio grupo de sujetos, los cuales, salvo aspectos particulares, comparten un mismo denominador común tanto en las manifestaciones clínicas como en el tipo de funcionamiento psíquico».

Tal y como dice nuestro autor, «si hasta Freud las neurosis no eran otra cosa que enfermedades nerviosas un tanto dispersas, complejas de describir e imposibles de explicar, con él die Neurose –escrito en singular gracias a la coherencia con la que la caracterizó– traspasó las fronteras de la patología y se convirtió en el modelo desde el que analizó la condición  humana»; siendo su phatos de tipo psicológico y su causa biográfica, de las vivencias infantiles, para más señas. En el análisis de la pluralidad de las manifestaciones clínicas fue donde Freud encontró la unidad, es decir, un mismo mecanismo psíquico defensivo: la represión. Siendo los síntomas la solución de compromiso entre la defensa y la pulsión… que en el mejor de los casos, insiste.

«Al hilo de estos comentarios (nos dice Alvarez) podemos plantear  –como hemos hecho respecto a la psicosis–  una concepción unitaria de la neurosis con dos polos principales (histeria y obsesión), marco dentro del cual el sujeto se desplaza en su continua búsqueda de equilibrio». En el caso de la histeria el conflicto entre afecto y representación se desplazaría al cuerpo –de allí histeria de conversión – y en el caso de la neurosis obsesiva se desplazaría al pensamiento, produciendo las ideas obsesivas. Por nuestro quehacer clínico sabemos que ambas neurosis pueden presentarse en estado puro, ser mixtas y, a lo largo de la dirección de la cura, acercarse o alejarse de uno de dos polos, en función de que el paciente histérico logre, o no, elaborar la insatisfacción de su deseo y el obsesivo la imposibilidad de su deseo.

Después de analizar el antes y después de Freud respecto de la neurosis obsesiva, Álvarez concluye con estas palabras: «La trabazón que aporta el psicoanálisis entre la semiología, la patogenia y la etiología es de una solidez incomparable, y la conjunción que consigue entre la patología y la ética roza la belleza».

II– El segundo estudio de este libro lleva por título Elogio de la histeria y se ocupa de la interacción entre la clínica y la historiografía de la histeria. Sus cuatro mil años de existencia dan para mucho pero tanto en su historia como en su clínica la histeria ha insistido en sus cuatro conceptos fundamentales: «los desplazamientos, el desafío al saber y al poder, la permanente referencia al cuerpo y la insatisfacción». También las teorías de la histeria se desplazaron del útero al encéfalo gracias a la neurología; siendo el profesor J.M. Charcot un referente de ese desplazamiento, así como del intento fallido de localizar la lesión anatómica de la histeria. «Al final, atrapado en su propio discurso, tuvo que recurrir a la noción de “lesión dinámica”, glorioso oxímoron según el cual la lesión cambia de lugar tan pronto el investigador creía localizarla». Por otra parte, lo que empezó suponiendo ser una afectación particular de las mujeres, se ha encontrado en lo general del deseo insatisfecho que anida en la condición humana.

Si la ciencia es sin sujeto, la clínica que le bebe los vientos se ha especularizado de tal manera con la patoplastia de la histeria, que no ha parado hasta borrarla del mapa de su Devocionario de la Salud Mental. De ahí que sean los médicos de primaria, los del dolor, los reumatólogos y especialistas varios, los que tienen que vérselas con algunas de las nuevas manifestaciones clínicas de la histeria, como por ejemplo: los dolores reumáticos inespecíficos y los malestares típicos de quienes padecen el abatimiento de su deseo, y acaban medicalizados por el sambenito de depresión, elevada a la categoría de enfermedad mental por un supuesto déficit de serotonina. En paralelo, el psicoanálisis mantiene vigente la teoría de que en la neurosis de conversión histérica las representaciones reprimidas hablan a través del cuerpo. Amén de una clínica con un sujeto en transferencia al que se hace corresponsable, tanto de la causa de su pesar como de la dirección de su cura. Clínica analítica y teoría interpretativa que conjuga el pathos y el ethos de un sujeto atravesado por el lenguaje. «Tal es la razón –dice Alvarez al final de este elogio– que me ha dado pie para reivindicar la pertinencia actual de la histeria y desearle larga vida en compañía del psicoanálisis».

III– Al hilo del último párrafo, el tercer estudio se ocupa de las confluencias entre histeria y depresión. No debe ser ajeno al éxito de la comercialización de los antidepresivos, la desaparición de la histeria a partir del DSM-III y el aumento de casos diagnosticados de depresión; como si se quisiera hacer de ella la neurosis de nuestros días y un problema de salud pública o epidemia que requiere vacunarse de por vida. Sin embargo, «tan erróneo es considerar que la histeria de ayer es la depresión de hoy, como que no existen relaciones entre una y otra». En todo caso, las confluencias a las que se refiere nuestro autor son entre una sólida categoría clínica y un síndrome clínico, pues así define la depresión, como un «conjunto de manifestaciones transnosográficas que pueden observarse en distintas estructuras clínicas y tipos clínicos. Al conjuntar la patogenia histérica y el de la depresión como síndrome, se pone de relieve que la histeria puede expresarse mediante una sintomatología depresiva y el síndrome depresivo puede manifestarse en el marco de una neurosis histérica. (…) El deprimido y el histérico son hoy día los sujetos que representan el fracaso de los ideales modernos. El histérico-deprimido tiene una contundente manera de decir “no” a las exigencias del capitalismo y al saber de la ciencia», aun a costa de poner en punto muerto el motor de la vida: el deseo… y de instalarse en la tristeza.

IV– Sobre la tristeza y sus matices trata el cuarto estudio. «En lo tocante a la tristeza, ninguna guía mejor que la aportada por poetas, dramaturgos y escritores. A estos profundos conocedores del alma humana –como los califica Freud–, añadimos los filósofos morales, tradicionales estudiosos de las pasiones», pues poco nos ayuda la psicopatología a la carta del capital, cuando establece una tristeza normal y otra patológica. Medicalizar-psicologizar la falta moral –pues así llamaban los autores clásicos a la tristeza–  tiene sus beneficios pero no para quienes, como nuevos enfermos mentales, se les desahucia de la responsabilidad en el regocijo de su propia tristeza y de elaborar tanto su causa como su remedio. Para Álvarez la tristeza tiene muchos matices y en este estudio profundiza sobre los siguientes: duelo, soledad, creación, inutilidad, goce, mal, inacción, cobardía, mentira y egoísmo.

V– Para una clínica diferencial, conocer estas diez aristas de la tristeza que nos propone el autor es de vital importancia, pues la condensación morbosa de la tristeza se da en la melancolía, y sobre ella trata el quinto estudio. Reivindicarla para devolverle la sustancia y sus fronteras, que las clasificaciones internacionales han diluido en las depresiones, es el logro de este estudio. «En el mejor de los casos, la melancolía es hoy día un tipo básico de la enfermedad depresiva, una categoría que hay que preservar debido a la inconsistencia nosológica de la depresión mayor. En el peor de los casos, la melancolía se reconvirtió –tras el DSM-III– en un mero subtipo clínico de la depresión unipolar». En paralelo a este despropósito la melancolía conserva todo su vigor entre psicoanalistas y psicopatólogos de inspiración clásica; Fernando Colina, sin ir más lejos y su potente texto Melancolía y paranoia, Madrid. Síntesis, 2011.

Sigue el estudio y nuestro autor echa mano «de algunos casos ejemplares, extraídos de los grandes tratados y monografías en los que Freud y Lacan se inspiraron, textos aún vibrantes que se escribieron en la época dorada de la psicopatología». Casos que le sirven a nuestro autor para hablarnos de los tipos clínicos más habituales de la melancolía: simple, ansiosa, delirante y estuporosa. Así como para hacer suyo lo que dijera Hubertus Tellenbach hace cuarenta años, «Tiene sentido justificado, sentido que reside en la misma cosa, denominar “melancolías” a las psicosis sobre las cuales aquí tratamos  –siguiendo la diferenciación de Freud–  y no hablar de “depresiones”, término que en su uso casi ubicuario se ha ido haciendo cada vez más indefinido y con ello cada  vez más inespecífico».

VI– El sexto estudio trata sobre la clínica diferencial entre la melancolía y la neurosis obsesiva, donde su autor analiza de forma pormenorizada las propuestas que se defienden y los argumentos en que se apoyan, tanto desde la psicopatología psiquiátrica como desde la psicoanalítica. «De acuerdo con este proceder se indagarán las afinidades y diferencias entre la neurosis obsesiva y la melancolía. (…) Por último, admitiendo la diferencia estructural neurosis versus psicosis propondré que en la melancolía y en cualquier otro cuadro clínico pueden darse elementos sintomáticos de tipo obsesivo, sobre todo los surgidos de mecanismos destinados al control de la angustia, pero eso no justifica mezclar la neurosis obsesiva con la psicosis melancólica».

El discurso cientificista –ya no tan hegemónico en la psiquiatría y psicología clínica, pues es insostenible una clínica donde el paciente ni está ni se le espera– también plantea debates similares pero con términos ad hoc. Neurosis obsesiva, melancolía y paranoia han sido sustituidos por el TOC, T. bipolar y esquizofrenia. Tras el análisis de los estudios que relacionan el TOC con la esquizofrenia, Álvarez concluye diciendo que el discurso cientificista «es más heterogéneo y embrollado de lo que cabría esperar».

Y el estudio continua, «se trata ahora de mostrar las diferencias entre la melancolía y las obsesiones, tanto las llamativas como las sutiles, de manera que al contrastarlas se perfilarán sus esencias y se acotarán sus contornos. Para ello, adoptaré una perspectiva contraria según la cual la condición humana sustituye a la naturaleza y el enfermo prevalece sobre la enfermedad». De nuevo la historia, la epistemología y la clínica, en un continuo movimiento de ida y vuelta. Si con Freud podemos perfilar las diferencias, para hablarnos de las afinidades Álvarez sigue a Karl Abraham, referente del continuum psicopatológico que posteriormente desarrollaría Melanie Klein. A diferencia de otros puntos de vista dimensionales, Abraham respeta las fronteras nosológicas al tiempo que señala que «las afinidades estructurales se observan en la clínica por el hecho de que una puede dar paso a la otra y la otra a la una. Que exista esta movilidad no niega algunas diferencias, sobre todo la más evidente: la melancolía sobreviene siempre a consecuencia de una pérdida imposible de perder, cosa que no sucede en la neurosis obsesiva». En su empeño por sumar, Álvarez termina este estudio  animándonos a que iluminemos la oscuridad de la melancolía, tanto con el foco o perspectiva estructural como con el modelo continuista, pues las manifestación clínicas obsesivas tanto se dan en la unidad de la neurosis y la psicosis como en la pluralidad de las formas de ambas.

VII– El séptimo estudio trata sobre la locura normalizada. «La hipótesis que aquí se propone tiene en cuenta estas coordenadas: la psicosis ordinaria es un efecto inevitable del modelo de las estructuras clínicas, cuyo binomio neurosis versus psicosis obliga a introducir una categoría intermedia o a correr la frontera que las separa y redescribir su perímetro. Eso mismo sucedió hace casi doscientos años, cuando la locura se opuso frontalmente a la cordura y surgió al instante la figura de la semilocura, la locura lúcida, la locura razonante y una prolija serie de nombres a los que se suma nuestra psicosis ordinaria». En tanto que «los modelos del pathos son constelaciones de palabras con las que nos acercamos a lo real del drama humano», nuestro autor fundamenta la elección de locura antes que psicosis porque «la inercia de la retórica de las enfermedades mentales es tan potente que conviene combatirla rebajando la densidad y el poder de los términos que emplea». Por otra parte, el término popular de locura resta estigmatización y cronicidad. «Tampoco es caprichoso el calificativo normalizada», ya que resalta el oxímoron y describe el semblante de hipernormalidad con el que se viven las  «experiencias con el vacío, la vacuidad y el escaso arraigo del deseo y las pasiones genuinas de la condición humana. Este vacío se opone al relleno delirante y alucinatorio del que echa mano el psicótico enloquecido para acometer el agujero originario». La aportación de Álvarez al debate sobre la locura normalizada se basa en el análisis de cuatro de sus signos clínicos: el psitacismo, la discordancia, la mímesis y la desvitalización.

VIII– El último estudio lleva por título Diagnóstico para principiantes, aunque también será de mucha utilidad a los profesionales psi que se atrevan a diagnosticar a mano alzada en vez a plantilla. Es decir, al margen de los protocolos, pruebas que se dicen objetivas o al dictado de las clasificaciones internacionales, que a lo sumo proporcionan un diagnóstico estadístico que nada dice la particularidad de cada cual. El DSM, por ejemplo, se descalifica solo. Álvarez cita a Peter C. Gøtzsche, quien sostiene que es un documento de consenso, «y por lo tanto los documentos que incluye tienen poco rigor científico y son arbitrarios. Una ciencia verdadera no decide la existencia o la naturaleza de un fenómeno por medio de votaciones, con intereses particulares y con la ayuda económica de la industria farmacéutica». También cita a Allen Frances, quien a toro pasado del DSM-IV –del que fue su coordinador–, confesó: «nuestro grupo se esforzó por ser conservador y cuidadoso, pero contribuyó inadvertidamente a tres falsas epidemias: el trastorno por déficit de atención, el autismo y el trastorno bipolar en la infancia. Nuestra red fue claramente demasiado lejos y capturó a muchos “pacientes” que podrían haber estado mucho mejor sin que hubieran entrado en el sistema de salud mental». Con la inflación diagnóstica del DSM-V es pertinente la pregunta que se/nos hace Álvarez «si todo el mundo está trastornado, ¿dónde queda la normalidad? Esta pregunta, que muestra el esperpéntico mundo de la psicología y la psiquiatría científicas, es decir, de ciencia ficción, comienza a hacer aguas y son más numerosos cada día los que nos oponemos a la falacia de la seudociencia psiquiátrica, que tanto daño hace a los pacientes, a los psiquiatras, psicólogos clínicos y psicoanalistas que mantienen los pies en el suelo y no se dejan sobornar por esta medicina basada en la evidencia a la que Berrios, sin pelos en la lengua, calificó de “chantaje moral”».

«Gran parte de los desacuerdos habituales –sigue diciendo Álvarez– con respecto a los diagnósticos radica en la confusión entre síntoma, síndrome y estructura. Hoy día el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el trastorno del espectro autista, la anorexia, el trastorno límite de la personalidad, la depresión y el trastorno bipolar –por citar sólo algunos– se toman por categorías nosológicas o enfermedades médicas, cuando en realidad son meros síndromes, es decir, conjuntos sintomáticos carentes de soporte patogénico que se puede observar en sujetos de los más variado. (…)

Un diagnóstico bien hecho es el que contiene lo general y lo particular, es decir, el que combina en un mismo sujeto numerosas características propias de la condición humana con algo suyo que le es exclusivo». El método clínico que nos propone el autor es simple y se limita a las preguntas hipocráticas de siempre: «de qué sufre/goza (síntoma); cómo y dónde se manifestó (coyuntura, contexto y trama); por qué sufre/goza de eso y no de otra cosa (elección del síntoma conforme a la historia subjetiva), para qué le sirve ese síntoma del que se queja y goza (función)».

Si el diagnóstico clínico ya es de por sí arte y oficio, llevar a cabo dobles diagnósticos –como nos propone Álvarez– roza la excelencia. Sin embargo Freud así lo hizo: «Un caso de neurosis. Caso del Hombre de las Ratas», «De la historia de una neurosis infantil. Caso del Hombre de los Lobos». «Como se ve, –dice Álvarez– el genio de Freud asigna un diagnóstico estructural y un diagnóstico particular que lo hace diferente a cualquier otro». A lo dicho, arte y oficio donde  «el diagnóstico pone en juego el saber psicopatológico, la pericia clínica y el compromiso ético» de evitar que sea para el paciente ni su refugio ni su estigma.

Por último, recordar que este libro es el cuarto de los publicados bajo el sello de Xoroi Edicions en su colección La Otra psiquiatría. Siendo los tres anteriores: Estudios sobre la psicosis, de J. Mª Álvarez,  Las voces de la locura, de J. Mª Álvarez y F. Colina, y Otra historia para otra psiquiatría de R. Huertas.

Carlos Rey

Carlos Rey: La Otra versus la Una

                                LA OTRA VERSUS LA UNA

No es la primera vez que el eminente investigador e historiador Rafael Huertas dice compartir con los Alienistas del Pisuerga la interacción existente entre historia y clínica. De hecho, la monografía publicada en 2012 por la editorial Los libros de la catarata que lleva por título Historia cultural de la psiquiatría, fue su anterior contribución a la apuesta de La Otra psiquiatría. La relación de Rafael Huertas con esa otra clínica que estudia y trata la condición humana data de 1997, que es cuando empezó a participar en los encuentros de La Otra psiquiatría. Los trabajos presentados y discutidos en dichas jornadas –y algunos más–  los ha reunidos bajo el título Otra historia para otra psiquiatría. Editado bajo el sello de Xoroi Edicions, este libro es el tercero de los publicados en su colección La Otra psiquiatría. Recordemos que los dos anteriores títulos fueron Estudios sobre la psicosis, de José María Álvarez y  Las voces de la locura, de José María Álvarez y Fernando Colina.

Esa otra historia que nos presenta R. Huertas  –cito al autor– no es «una historia positivista, descriptiva, acumulativa, complaciente con el pasado y acrítica con el presente, sino otra historia analítica, hermenéutica y crítica, que interpele al pasado para pensar el presente y para actuar o propiciar actuaciones suficientemente fundadas. (…) En definitiva, otra historia comprometida con otra psiquiatría, la que considera necesario cambios epistemológicos profundos sobre la naturaleza del trastorno mental y sobre el papel del experto (psiquiatra, psicólogo, psicoanalista, etc.) y del propio paciente –cuyo empoderamiento debe ser una prioridad absoluta–» en la clínica de las sintomatologías psíquicas.

La psique y su pathos no puede considerarse patrimonio de un único saber, pues desde la filosofía a la literatura muchas son las ramas del inacabable árbol de la sabiduría sobre la condición humana. «Es esta condición híbrida la que puede explicar las importantes diferencias epistemológicas que se producen en el ámbito de las disciplinas psi: cuerpo y alma; cerebro y mente; materia y pensamiento; neurotransmisor y significante; representan modelos antitéticos desde los que tradicionalmente se han elaborado los acercamientos a “lo mental”». A su vez, estos dos enfoques han producido una historiografía tradicional y otra crítica. La primera se caracteriza por «historias que pretenden mostrar esa evolución “lineal” de la psiquiatría, desde unos incipientes inicios hasta un presente de “máximo progreso”, que se tiende a asimilar con los avances de la biomedicina». En este polo historiográfico se han hecho fuertes las espaldas plateadas de la psiquiatría y la psicología que practican el pensamiento único.

En el otro polo historiográfico R. Huertas nos habla de esa otra historia de la locura, la que va más allá de la historia de la psiquiatría. Otra historia, crítica con el saber que devine en poder sobre el paciente y con las instituciones que se ponen al servicio del control social. Otra historiografía que tiene en cuenta los textos surgidos en el contexto de los años sesenta y setenta del siglo XX: Michel Foucault, Erving Goffman, Franco Bassaglia, Thomas Szasz; así como  las actualizaciones de esos discursos en los años ochenta, noventa del pasado siglo y primera década del actual, con los trabajos de Robert Castel, la historiadora estadounidense Jan Goldstein, el filósofo de la ciencia canadiense Ian Hacking y el historiador británico Roy Porter, quien nos propone una historia desde el punto de vista del paciente: de sus dichos y sus escritos. «Una historia desde abajo». Sobre este aspecto R. Huertas nos dice: «El punto de vista del paciente nos da claves para valorar que lo bio en salud mental no es solo lo biológico, sino también lo biográfico», así como para «comprender la violencia del diagnóstico y del estigma. (…)  La actualización de los discursos de la historia crítica de la psiquiatría, está proporcionando una solidez teórica y empírica a este ámbito de conocimiento, que camina hacia una historia cultural de la subjetividad como opción historiográfica (…) en la que el sujeto (mediatizado por el lenguaje) prima sobre la enfermedad, en la se presta la máxima atención a la subjetividad de la persona y en la que el pathos y el ethos se conjugan en el núcleo mismo del pensamiento psicopatológico».

A destacar, de los estudios que componen este libro, la aportación historiográfica de su autor al actual debate sobre la psicosis única y lo múltiple de sus formas, y sobre la continuidad y discontinuidad; sobre la semiología de la subjetividad, inherente al nacimiento del alienismo; sobre el concepto de perversión sexual en la medicina positivista y la construcción de un modelo médico sobre la delincuencia; así como el antes y después que supuso la publicación de El poder psiquiátrico de Foucault, en la historia de la psiquiatría y, sobre todo, en la historia de la locura.

Y porque la historia no es Una, R. Huertas nos trae a colación La filosofía de la locura, del precursor del tratamiento moral y del movimiento alienista Joseph Daquin, quien fue ninguneado por Philippe Pinel en su famoso Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental. Y eso que el texto de Daquin fue publicado una década antes que el tratado de Pinel.

Juzgue el lector la actualidad de Daquin con esta cita que se reproduce en el libro de R. Huertas: «Quiero que el médico se acerque con parsimonia instruida y reflexionada, que no recete en la primera visita medicamentos enérgicos y demoledores incluso antes de que la enfermedad se haya desarrollado y, sobre todo, que no ofrezca, con la cabeza baja, remedios nuevos, cuyo mérito consiste en anunciarse en los papeles públicos y cuya eficacia estriba en dar dinero a esos voceros y falsos que se llaman inventores».

R. Huertas considera que «la historia de los trastornos mentales no puede ser una mera enumeración positivista de términos y conceptos, sino que es preciso contextualizarlos con esmero desde el punto de vista científico, social y cultural, con el fin de ayudarnos a pensar la locura   –y la clínica–  más allá del dato esquemático recogido y catalogado en la guía diagnóstica de turno».

En los manuales oficiales y académicos es observable la utilización  torticera de la historia. Como por ejemplo, en el intento de sustituir la neurosis obsesiva de la psicopatología clásica por el Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) de la invidencia científica, como si fuera una evolución histórica natural, lineal y progresiva hacia el saber definitivo. «Un intento  –dice R. Huertas–  que es, cuando menos engañoso porque, en realidad, lo que hay entre una concepción y otra es una ruptura (de paradigma), pues las obsesiones y las compulsiones han transitado en las últimas décadas desde interpretaciones más dinámicas hacia orientaciones que son claramente biológicas. (…) Todo lo cual ha ido desplazando, cuando no anulando, el interés y las investigaciones sobre aspectos biográficos y culturales, en la génesis de los síntomas obsesivos y compulsivos». Sobre esta cuestión R. Huertas nos ofrece un riguroso análisis de los textos clínicos sobre las obsesiones en el seno del movimiento alienista francés; esto es, desde el nacimiento de la clínica hasta las últimas décadas del siglo XIX;  así como del ruido de fondo o el espíritu de la época –como se le quiera decir al contexto social, político y económico– que interactúa en la construcción de los textos clínicos. «Para el caso francés, parece evidente que la medicalización de las obsesiones, mediante su asimilación al modelo de la monomanía, surge en el momento en el que en la Francia posrevolucionaria tiene lugar el afianzamiento definitivo del poder burgués y el modo de producción capitalista».

Con Freud hay cambios y hay continuidad. «La obra de Freud supone un cuestionamiento del positivismo y el organicismo psiquiátrico», y la neurosis obsesiva es interpretada desde una concepción dinámica. «A partir de la obra de Freud se abre, pues, un camino diferente y fuertemente innovador desde el punto de vista nosográfico, pero también psicopatológico e historiográfico. (…)

El concepto dinámico de neurosis obsesiva se afianzó a lo largo del siglo XX para ser sustituido en el último tercio del mismo por categorías más acordes con las realidades socioeconómicas y con el pensamiento hoy día hegemónico en el ámbito psi; esto es, una psiquiatría biológica, una psicología conductista y una psicopatología estadística».

Resumiendo la importancia de esta novedad editorial que se presenta,  y en el decir del autor: «Sirvan estas páginas como propuesta epistemológica en torno a la necesidad de pensar históricamente determinadas cuestiones psicopatológicas que nos permitan valorar el peso innegable tanto de la clínica clásica, como de los elementos sociales y culturales que, en muy buena medida, contribuyen a elaborar (o construir) las categorías diagnósticas. (…) La existencia de un clínica de la subjetividad ya desde los mismos orígenes de la semiología psiquiátrica me parece incuestionable».

 

            Carlos Rey

Sapere aude, Carlos Rey (comentari a Las voces de la locura)

SAPERE AUDE

Carlos Rey

Psicólogo clínico-psicoanalista

Barcelona

carlosry@copc.cat

Alienistas del Pisuerga, psicopatólogos como la copa de un pino y referentes de la Otra Psiquiatría, Fernando Colina y José María Alvarez han escrito al alimón Las voces de la locura, editado por Xoroi Edicions. Treinta años después de mutua colaboración, estos estudiosos de la condición humana y su psicopatología nos refieren sus reflexiones acerca de las relaciones del lenguaje y la locura desde la perspectiva histórica. Analizando la historia de la subjetividad los autores llegan a la conclusión provisional de que las voces, las alucinaciones verbales o el polo esquizofrénico de las psicosis es un síntoma de la Edad Moderna. Como dicen los propios autores «la hipótesis es bastante osada, e indemostrable», «una hermosa especulación», «con cierta osadía» y «con propuestas quizás atrevidas». Vaya por delante pues, que los autores se sitúan en las antípodas de considerar la esquizofrenia como una enfermedad de la naturaleza, así como de la clínica jerárquicamente prescriptiva, de la ingeniería conductista y de la dichosa psicoeducación. Y, por lo tanto, más allá de la invidencia científica que el hegemónico modelo biomédico ha elevado a la categoría de pensamiento único y único saber posible y/o permitido. Pero vayamos por partes.

Uno

Como si de un programa de mano se tratara, los autores nos empiezan hablando de El automatismo mental. Del lenguaje como sustancia del alma. Y lo hacen marcando los referentes clínicos intemporales de la psicopatología: la histeria, la melancolía y la paranoia, o lo que es lo mismo,  los ingredientes básicos de nuestra condición humana: el deseo, la tristeza y la interpretación. A esta terna le añaden un cuarto elemento: el automatismo mental, a fin y efecto de dar cuenta de la relación del sujeto con el lenguaje. «Pero a diferencia de la histeria, la melancolía y la paranoia, el automatismo mental casi no tiene historia, por lo que suponemos que informa de algún tipo de cambio en la subjetividad».

Los autores rescatan las aportaciones de Séglas, Baillarger y, sobre todo de Clérambault, para preguntarse «si los trastornos del lenguaje son una manifestación de la psicosis o la psicosis es un efecto del desorden de la relación del sujeto con el lenguaje». Ante esta cuestión, los autores consideran que el concepto xenopatía –cualidad de experimentar el propio  pensamiento o los propios sentimientos como ajenos o impuestos–  tiene más recorrido que disgregación, escisión, disociación, discordancia o esquizofrenia, ya que les permite llegar a la xenopatía del lenguaje, para entender mejor la experiencia del sujeto «hablado, fragmentado, interino de sí mismo». Siendo las voces –o el polo xenopático de las psicosis–  coetáneas de la aparición de la omnis scientia y el acabose de un Dios omnisciente, omnipresente y omnipotente, en tanto que la subjetividad humana «se abrió a nuevos tipos de experiencias respecto a las relaciones con el mundo, los otros y consigo mismo». Por todo ello «podríamos concebir la esquizofrenia como un síntoma de la ciencia, en la medida en que señala los límites infranqueables relativos a lo que la propia ciencia ignora de sí misma».

Finalmente, los autores consideran que el automatismo mental articula la clínica clásica con el psicoanálisis. Si con Freud «la división subjetiva se da como hecho constitutivo y el lenguaje la quintaesencia del ser», a partir de la clínica borromea de Lacan podría pensarse la xenopatía como «una experiencia común a todos los hombres, a partir de la cual surgiría la nueva pregunta de por qué no estamos todos locos o por qué no todos experimentamos el lenguaje como un ente autónomo que nos usa para hablar en nosotros y a través de nosotros». Esto sí que supone una vuelta de tuerca, aunque según la dirección de la vuelta, aprieta o afloja la clínica estructural neurosis versus psicosis. Si la afloja daría cabida a una «clínica continuista, en la cual la psicosis sería una experiencia originaria común de la que los neuróticos lograrían zafarse con éxito mediante el empleo eficaz de ciertos mecanismos defensivos».

Dos

En Las voces y su historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia, los autores desarrollan la idea de que la aparición de las voces debe atribuirse a un nuevo desgarrón atribuible a la Edad Moderna. En paralelo a que la ciencia generara un cambio de mentalidad, los espíritus –ángeles y demonios–  dejaron de intermediar entre Dios y los humanos. En esta nueva realidad «se ha ido entreabriendo un hueco que las palabras ya no aciertan a delimitar. La cosa en sí kantiana, la voluntad de Schopenhauer, la oscuridad de Schelling, la pulsión de Freud o lo real de Lacan dan testimonio de esa experiencia radicalmente moderna que conduce al hombre hasta los límites del lenguaje, allí donde la representación no alcanza a revestir el territorio existente». Dicho de otra manera: «La desaparición de los espíritus en nuestro imaginario nos confronta más directamente con los abismos que bordean la pulsión, es decir, con la omnipotencia de lo divino y el núcleo mudo de la realidad. Huérfanos de ángeles y diablos, las palabra del hombre moderno tienen que dar cuenta por sí solas de una divinidad sin Dios y de una realidad sin representación cada vez más descarnada». Por lo dicho, se puede deducir que «la esquizofrenia no puede ser anterior a este tiempo histórico, cuando la subjetividad descubre una incapacidad nueva y radical en el dominio del lenguaje». Siendo las voces respuestas «ante la presencia de ese real que ha surgido ininteligible, peligroso y amenazador».

Desde la perspectiva que aporta la historia, los autores nos llevan de la figura del visionario de Esquirol a la figura del ventrílocuo de su alumno Baillarger, para proponernos la nueva figura del xenópata que rescatan, principalmente, de Séglas y Clérambault. «La voz esquizofrénica representa la presencia ausente del otro que ocupa la escisión como un cuerpo extraño y a la vez impuesto».

Un paso más. En Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad, los autores escriben: «Las condiciones para afirmar que la esquizofrenia no es una enfermedad natural sino cultural e histórica, propia de la época moderna, no son comprensibles sin plantearnos una historia de la subjetividad». Esa historia nos dice que el representante psíquico de la identidad antes fue conceptualizado como el alma, espíritu, conciencia, yo, y actualmente como sujeto. Sujeto definido por los autores como el que «escucha, obedece y corrige tanto al otro exterior con el que hablamos, como al otro interior que habla y desea en y por nosotros. De manera que el sujeto camina siempre desdoblado en estas dos direcciones». Sujeto también en tanto sujetado a su inconsciente y a los discursos que genera cada época de la historia. «Por eso la locura no puede ser reducida a un hecho natural sino que constituye un acontecimiento histórico, si no el más grave quizá el más genuino de todos los que nos afectan».

Sobre lo dicho por Foucault, como primer historiador de la subjetividad, los autores quieren distinguir «entre lo estrictamente histórico y lo simplemente cultural». Las modificaciones culturales serían «los cambios en la presentación de los síntomas, la evolución de su tratamiento o la influencia que la recepción social ejerce sobre su apariencia». Sin embargo lo histórico es aquello que genera una radical transformación en la subjetividad humana, cuyo ejemplo que nos ocupa es la esquizofrenia como perturbación moderna. Por eso es pertinente, también, hablar de un sujeto histórico, porque no es la naturaleza sino la historia y sus discursos los que establecen «los perímetros de la identidad y la dimensión de los desgarramientos del sujeto que van sucediendo en cada época».

Tres

En Sustancia y fronteras de la enfermedad mental, los autores empiezan recordándonos los paradigmas o grandes modelos que han intentado dar cuenta de la sustancia y las fronteras de la locura, que serían cinco: la alienación, la enfermedad mental, la estructura clínica, el síndrome y la dimensión o el espectro.

Si la psicopatología trata de la sustancia y las fronteras del pathos, los autores nos dicen que actualmente hay dos corrientes, una la lidera el psicoanálisis y su psicología patológica, y la otra la lidera la psiquiatría biológica y su patología de lo psíquico. Ésta última –hegemónica en la academia y clínica oficiales porque es una disciplina de poder y no una ciencia médica– cada vez habla más de trastornos mentales, aunque siga pensándolos y tratándolos como enfermedades mentales o hechos de la naturaleza, y cada vez menos de su sustancia o esencia. Así, por ejemplo, el DSM cada vez es más ateórico

y su taxonomía se ha llevado a cabo sin considerar necesario definir qué es enfermedad o qué diantres es eso de la salud mental. En paralelo, la corriente de la psicología patología «destaca el análisis de las experiencias singulares del trastornado y privilegia el determinismo del inconsciente de los síntomas, su sentido y su causalidad psíquica, los mecanismos patogénicos específicos y la particular conformación clínica que el sujeto imprime en su malestar». Es decir: su responsabilidad y decisión subjetivas, «tanto en la causa, el desarrollo y la curación de su trastorno».

Respecto a la sustancia o esencia de la locura las opciones se reducen a quienes la consideran como un hecho de la naturaleza o una construcción discursiva.

Los límites y fronteras tienen que ver con cómo pensamos lo uno y lo múltiple o lo continuo y lo discontinuo. En definitiva, entre los que establecen o no fronteras entre la cordura y la locura. Si partimos de la base que el sujeto y su locura escapan a la reducción científica, se entiende que los autores afirmen que la «esquizofrenia es tan inexplicable como el genocidio nazi», ya que «ambos representan los límites perplejos de la causalidad y nos obligan a pensar concienzudamente las fronteras».

Los autores nos refieren que resulta llamativo comprobar que quienes tienen diferencias sobre la sustancia o esencia de la locura no las tienen tanto respecto de sus fronteras o discontinuidad. Kraepelin y Freud serían un ejemplo. El psiquiatra Ernst Kretschmen y la psicoanalista Melanie Klein serían otro ejemplo, pues aunque partiendo de tradiciones y argumentaciones diferentes, el primero apuesta por un continuum psicopatológico y para la segunda, «pionera en concebir una forma de psicosis generalizada y originaria, (…) no habría estructuras psicopatológica estables, sino posiciones por las que las personas transitan con relativa facilidad».

Para nuestros autores, tanto la visión discontinua como la continuista del pathos tiene sus ventajas y sus limitaciones. A la primera le sobran los casos inclasificables y «a la psicopatología continuista le faltan distinciones cualitativas y adolece de casos típicos». Dentro de la psicopatología psicoanalítica o estructural, por ejemplo, algunos autores han intentado resolver el problema creando categorías intermedias como los casos límites y las patologías narcisistas. En la primera clínica lacaniana se optó por ampliar el perímetro de las neurosis –locura histérica– y a partir del nudo borromeo el perímetro de las psicosis se ensanchó a fin de incluir en ella formas discretas y normalizadas de locura. «Con esta nueva opción, la rígida perspectiva estructural, partidaria de la discontinuidad, se vuelve más elástica y propende a lo dimensional».

Pareciera ser que, sobre los límites o fronteras entre la normalidad y la locura, actualmente asistimos a un cierto galimatías, ya que tanto el modelo biomédico como el de las estructuras clínicas están configurando el nuevo

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Massimo Recalcati, psicoanalista: “Frente a la evaporación de la figura del Padre-Amo no hay necesidad de sentir ninguna nostalgia”

La colección Mirar con las palabras, de Xoroi edicions, ha publicado recientemente un trabajo esencial de Massimo Recalcati  bajo el título de  ¿Qué queda del padre? La paternidad en la época hipermoderna, en una excelente traducción de Silvia Grases. Recalcati es, además de uno de los más prestigiosos psicoanalistas italianos, un reconocido articulista y personaje mediático en su país. Por una parte, el psicoanalista italiano ha tratado de lo que llama la Clínica del vacío, que sería una reformulación clínica muy renovadora del malestar contemporáneo. Por otra parte, aunque relacionado con lo anterior, ha profundizado en otro tema que es el del declive del Padre como fenómeno social que se da en el marco del tardocapitalismo y que coincide con el dominio del consumo de mercancías, químicas y tecnológicas, que se convierten en los objetos inmediatos de goce. Esta reflexión conduce a Recalcati a un análisis sobre la crisis de la figura paterna en la sociedad en la que vive (que es la italiana,  pero que tiene claros elementos comunes con la nuestra y con toda la sociedad occidental). Esto le llevará a la sugerente propuesta de lo que llama el  complejo de Telémaco como sustitución del complejo de Edipo. Antes de la publicación de El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor, Massimo Recalcati escribe en el año 2011 el libro que nos ocupa. Es un libro imprescindible que  marca las líneas maestras que le llevan a su propuesta posterior. Un libro, en definitiva, más que recomendable para todos aquellos que quieran entender qué es lo que pasa hoy en esta sociedad que  etiquetamos bajo el tópico de “una sociedad sin valores”.

A partir de la publicación de este libro,  Luis Roca Jusmet entrevista a Massimo Recalcati. Estas son las preguntas y estas son sus respuestas.

¿Qué relación hay entre el declive del padre y lo que llamas la clínica del vacío? Planteas  que la clínica del vacío cuestiona la estructura clínica neurótica del sujeto dividido, la represión y el inconsciente, pero que al mismo tiempo no cuestiona las estructuras clínicas.

La clínica del vacío es una clínica que está caracterizada por el eclipse del deseo. Esta clínica no coincide con la psicosis, pero no se refiere tampoco a la denominada organización borderline de la personalidad. La clínica del vacío es una clínica que funciona en ausencia del inconsciente, en ausencia de lo que podemos llamar el síntoma metafórico, basado en la represión y el retorno de lo reprimido. El ejemplo más evidente de esta clínica del vacío es el de la anorexia: aquí el sujeto custodia un vacío disociado de la falta. Se aniquila el deseo y en esta medida no puede transformar el vacío en falta. Hay un proceso en el que se borra toda huella del sujeto del inconsciente. De esta forma hay únicamente un goce narcisista, un goce uno sin partenaire sexual. Es todo Yo y el sujeto queda totalmente disociado del Otro. Es el paradigma “frío” más puro de la clínica del vacío.

¿Quiere esto decir que la clínica del vacío haría referencia a una estructura clínica perversa o psicótica?

La clínica del vacío tiene en común con la psicosis y la perversión la primacía de lo real y de lo imaginario sobre lo simbólico. Primacía de lo real quiere decir aquí desregulación pulsional. Primacía de lo imaginario  basada en la fetichización del Yo y de sus objetos. Ni lo real ni el yo quedan vinculados al inconsciente. Falla lo simbólico, el Ideal que se transmite por la metáfora paterna,

La figura del padre que defiendes cuando hablas del complejo de Telémaco y que sustituiría a la del que surge del complejo edípico, ¿no es demasiado amable como para ser un agente de la prohibición? ¿Consideras necesario, como hacen algunos, reivindicar la autoridad de este padre en declive para restablecer este orden simbólico en crisis?

Cuando hablamos del padre que está en declive estamos hablando del padre de la ideología patriarcal, que no es otra cosa que el Padre-Amo. ¿Qué queda del padre?No lo podemos idealizar. Su voz es la de una ley que excluye la excepción y la de una autoridad que excluye el deseo. Su pedagogía es de naturaleza fascista. Este padre es el que habita las pesadillas de la neurosis, es el de la ley, que goza al infligir su castigo. La neurosis no deja de ser una interpretación exclusivamente sacrificial de la ley. No capta, por citar una máxima evangélica, que no es el hombre el que está hecho para la ley, sino que es la ley la que está hecha para el hombre. Frente a la evaporación de esta figura de la paternidad no hay necesidad de sentir ninguna nostalgia.

¿Cuáles son las implicaciones políticas de este declive del padre? ¿Es Berlusconi un síntoma político de este declive del padre?

El berlusconismo ha mostrado los efectos de la caída del padre. Ha reducido al padre a la triste  figura del “papi” en la que este aparece con la forma de la farsa. Ha invertido la idea del padre como símbolo de la Ley de la castración, que limita el goce, en la del “papi”. Es la  expresión del goce que deviene la única forma de Ley.

 También el movimiento 5 estrellas, ¿cuál es su papel respecto a este declive del padre?

En el movimiento 5 estrellas la figura de Grillo introduce, por el contrario, la figura de un padre cuya apariencia es la del hermano, pero cuya prepotencia restaura la del padre freudiano de la horda. Él ha generado el movimiento 5 estrellas, él lo puede deshacer cuando quiera. En el movimiento 5 estrellas se predica la igualdad pero, al igual que en la granja de animales de Orwell, hay alguien que es más igual que los otros…

 

Agradecemos a Massimo Recalcati sus breves pero condensadas palabras. Y a Silvia Grases por habernos puesto en contacto con él y haber traducido sus respuestas.