Delirios melancólicos: Negación y enormidad Ver más grande

Delirios melancólicos: Negación y enormidad

Año de publicación2008
AutorCotard / Séglas
Páginas320
EditorialErgón
Número edición1

9788484737124

Biblioteca Los alienistas del Pisuerga

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23,08 €

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Sinopsis

La  melancolía representa por sí misma, como ningún otro concepto, la locura  antigua, la locura prepsiquiátrica anterior al siglo XIX. Un concepto que, pese  a tantos esfuerzos en contra, se ha mantenido en activo, aunque es cierto que a  regañadientes y en círculos cada vez más estrechos. En sus orígenes, melancolía  y locura fueron equivalentes. La melancolía antigua, de origen hipocrático, no  se limitaba a acoger las pasiones tristes que integraban su núcleo, sino que  abarcaba confusamente todas las formas de enajenación, desde la hidrofobia a la  licantropía, por señalar solo las más curiosas. La  melancolía fue la enfermedad del alma por excelencia durante muchos siglos y,  pese a la batalla desatada por el positivismo, sigue aspirando a un importante  papel en los conflictos humanos. A fin de cuentas, es la única enfermedad que  no ha cambiado de nombre, y es la que mejor define el malestar vital donde  todos nos reconocemos. Hay una clara sintonía con ella, dada su  comprensibilidad y su continuidad natural con la tristeza. No por nada la  melancolía ha estado siempre en el centro de gravedad de las enfermedades  mentales, aunque hoy ocupe en el imaginario social un rango inferior al de la  esquizofrenia, ya plenamente independiente y quizá más moderna en su aparición,  y tienda a desaparecer, como decimos, de la nomenclatura técnica. La  melancolía es el centro de gravedad del deseo y sus estrategias. La vida  discurre como una secuencia de pérdidas y duelos inacabables. Somos  melancólicos en cuanto que deseantes, por mortal necesidad. Un mundo sin  melancolía, es decir, sin la inclinación constitutiva de pensar las cosas hasta  el final, es un espacio abonado para la emergencia exponencial de las  depresiones. La depresión se instala como síntoma de la posmodernidad y, según  se ha señalado, como cáncer del siglo. Y tras la depresión, el discurso médico  promociona a la serotonina como causa de la enfermedad, sin darse cuenta del  destino irónico que convierte a la discrasia serotoninérgica en una réplica  tardía de la teoría humoral, aunque degradada y desprovista de sus conexiones y  su grandeza.

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